Reflexiones de un terapeuta

Reflexiones de un terapeuta

Puede desplazar la barra utilizando las teclas y

¿Puedes con la verdad? O invitas a que te mientan.

agosto 15, 2016

Seamos sinceros: Todos mentimos. En mayor o menor grado todos decimos mentiras en las relaciones que tenemos con nuestros padres, amigos y por supuesto con nuestra pareja. Las relaciones humanas son complejas y en muchas ocasiones cuando se opta por la mentira suelen haber varias posibles razones detrás de esa decisión.

Imaginemos esta situación: Juan le dice a su esposa que llegó tarde porque lo detuvo la policía y no porque estaba enganchado con el capítulo de una serie en Netflix. Si más adelante le preguntáramos por qué le ocultó la verdad ¿Qué creen que respondería?

A veces, como Juan, mentimos porque no queremos quedar mal y ser juzgados; a veces mentimos en un intento por evitar herir o decepcionar al otro, y existen ocasiones en las que decimos mentiras por temor a que la verdad desate problemas que pongan en peligro la relación

Por lo general consideramos que es la persona que ha mentido quien tendrá que cargar con la responsabilidad de ese comportamiento y asumir las consecuencias de lo que la mentira ha ocasionado. Pero ¿Será que existan circunstancias en las que ambos miembros de la relación deban compartir la responsabilidad de una mentira?

Tomemos como ejemplo a la señora que estaba detrás de mí la semana pasada en Costco y a quien escuché decir a su esposo “Si lo que me vas a decir no me va a gustar entonces no me digas nada”. El comentario llamó mi atención de inmediato y no pude evitar comenzar a imaginar el resto de la historia de esos dos.   Me pregunté ¿Qué le habrá querido decir originalmente él a ella? Si se hubiera tratado de algo importante como “No creo que debamos comprar eso porque nuestras finanzas no están muy bien y últimamente me he estado sintiendo estresado por ello”, ¿no sería esa una omisión importante? Si este mismo señor quisiera acercarse en el futuro a hablar con su mujer acerca de algo que le aqueja ¿se sentirá inclinado hacia la honestidad?

La mayoría de las personas queremos _ y pedimos_ que nos digan la verdad y nos duele cuando no la obtenemos de aquellos a quienes queremos. Pero ¿qué si también se necesitan dos para mentir? ¿Pueden ser nuestras propias actitudes y comportamientos los que en ocasiones acerquen a la otra persona a decirnos mentiras? Sería de mucha utilidad hacer esa reflexión puesto que rara vez nos incluimos como parte del problema y nos es muy fácil caer en la tentación de pensar unilateralmente y entender la mentira como algo que la otra persona hace por maldad o por defecto personal. En realidad todos podemos llegar a ser copartícipes de dinámicas y patrones de interacción en los que prácticamente estaríamos invocando a la deshonestidad y si queremos promover relaciones más honestas con nuestros seres queridos podemos comenzar por dirigir la mirada hacia nosotros mismos.

¿Realmente podrías manejar la verdad incluso si esta no fuera de tu agrado y despertara sensaciones y emociones incómodas en ti?

La persona que incita a la mentira por lo general pide que le digan la verdad pero a través de sus reacciones termina demostrando que no puede con ella. Por ejemplo, cuando Alejandro le pregunta a María si habían hombres en la fiesta a la que fue y ella le contesta que sí, él demuestra su desaprobación con un enojo desmedido, usando sarcasmo e insinuaciones y bramando como si fuera un toro a punto de embestir. Lo que él no sabe es que de ese modo está invitando a futuras mentiras a la relación. A nadie le viene bien que le acorralen con una reacción emocional desmedida o que le apliquen la ley del hielo.  Si una persona anticipa que va a recibir de su pareja una variante de cualquiera de esos dos extremos lo más probable es que haga de todo con tal de ahorrarse el sufrimiento, aunque eso implique decir una mentira y correr un riesgo todavía mayor.

 Cuando invitamos a que nos mientan, a menudo no lo hacemos verbalmente; son una serie de actitudes las que envían con subtítulos el mensaje al compañero. Algunos ejemplos comunes:

 

  • “Dime lo que sientes” – (Pero atente a las consecuencias si me dices algo que no me gusta)
  • “Dime la verdad” (Pero sabes que me vas a hacer sufrir por ello)
  • “Por favor dime la verdad” (Pero tendrás que sufrir por ello)
  • “Explícame una vez más por qué lo hiciste” (pero esta vez dime lo que yo quiero escuchar)
  • “Cómo puedes ser tan insensible (al tener una opinión que me es tan difícil de escuchar)?”

 

La persona que inadvertidamente pide que le mientan a menudo lo hace porque tiene dificultades para manejar sus emociones frente a la frustración que muchas veces conlleva escuchar la verdad.   Sin embargo, en otras ocasiones estas actitudes tienen una utilidad adicional. Victimizarse y culpar al otro por la situación a veces proporciona un sentido de “superioridad moral” desde el cual se puede exigir un mejor trato; algo así como “ahora que me has destruido con tus mentiras ( y te he perdonado ) lo mínimo que espero de ti es que te portes bien y hagas todo lo que yo pido”.   Nada podría ser más alejado de la realidad; la repetición de una estrategia como ésta podría acercar a la mentira hasta a la persona más honesta.

Se necesita de mucho valor y de humildad para estar en disposición de escuchar la verdad.   Necesitamos honorar a la verdad y trabajar con esmero en el manejo de nuestras emociones para no crear una crisis al escuchar algo que no nos gusta pero que es cierto.

De acuerdo a los expertos en el tema*, una regla básica es ponerse en la disposición adecuada, es decir, hay que prepararse para escuchar la verdad.   Al anticipar y aceptar la inevitable incomodidad de una conversación difícil estaremos más conscientes de nuestras propias reacciones.    Puede ser de ayuda:

  • Imaginar el peor escenario y pensar en 5 maneras en las cuales manejarías la situación si llegase a ocurrir.
  • Intentar ver la situación desde la perspectiva del otro e incluir ahí todo lo que tu sabes de ella o de él, su contexto, sus intereses, temores y frustraciones.
  • Hacer preguntas que amplíen y clarifiquen.  Evita caer en generalizaciones y pide más información, utiliza la curiosidad en lugar del enjuiciamiento.

Finalmente, reconoce que eres un ser humano y que aprender a invitar a la honestidad en lugar de la mentira también es un proceso; es parte del camino hacia nuestro crecimiento y el de nuestras relaciones.   Date crédito por cada paso que des en esta dirección hacia la resiliencia emocional y busca activamente oportunidades para tener estas conversaciones incómodas. Nunca es demasiado tarde para empezar.

 

*Basado en el trabajo de Bader & Pearson (2000)

 

 

 

 

 

 

Anuncios

3 maneras de invertir 5 segundos de tu tiempo

marzo 28, 2016

¿Qué se puede hacer hoy día con 5 segundos?    Mucho.  Pero depende de cómo y en dónde los utilices.

Es cuestión de colocación.  Al igual que hacemos con el dinero, una sola moneda de 5 pesos quizás no sirva para mucho pero si la dejamos a la mano junto con las otras monedas seguramente les encontraremos algún uso, por lo general comida chatarra.   Ahora bien, todos sabemos lo que ocurre cuando colocamos esas monedas en un recipiente con la intención de ahorrar.   Separar y colocar ahí una moneda, aunque sea de baja denominación, por lo general se convierte en una cantidad nada despreciable que podemos convertir en algo que realmente deseamos.

En lo que respecta al uso del tiempo, 5 segundos parecieran ser insignificantes y una fracción demasiado pequeña de tiempo como para ser útil.   Naturalmente, existen muchas situaciones específicas en las que incluso un segundo puede definir si una persona vive o muere pero esas no son el objeto de este artículo.  Haciendo esas excepciones a un lado, para la mayoría de nosotros 5 segundos es igual a nada.  Sin embargo, te sorprenderías saber de las ventajas que esa cantidad de tiempo puede llegar a tener si se le coloca en el lugar adecuado.

Apoyado en los resultados de diferentes investigaciones científicas, te ofrezco a continuación una lista de algunas de las oportunidades de inversión de esos 5 segundos y de los rendimientos que suelen generar:

Al sentir ansiedad:  Todos hemos sentido ansiedad y sabemos que es una emoción incómoda y con sensaciones bastante desagradables. Es por ello que cuando comenzamos a sentirla, nuestro primer impulso es de huída y evitación.  Obviamente no queremos sentirnos mal y es por ello que comenzamos a hacer de todo para distraernos, anestesiarnos a nosotros mismos o entumir el malestar.  Algunos de estos comportamientos suelen ser comer, fumar y utilizar el celular, entre otros.  La intención es aparentemente lógica: puesto que no quiero sentirme mal, lo evito; hago otra cosa para distraerme o bien cambio mi rutina para no hacer eso que me genera ansiedad.     Lamentablemente el precio a pagar por hacer esto es muy caro.  Se ha demostrado que la evitación nos hace aún más sensibles a aquello que estamos intentando evitar.   Por eso nunca se acaba: evitar sentir ansiedad invariablemente me traerá mas ansiedad.

Lo confuso acerca de la ansiedad es que la solución suele paradójica, es decir, para librarse de ella hay que ir en la dirección contraria.  La disposición es lo opuesto a la evitación, y estar dispuesto a sentir la incomodidad ansiosa si ésta llega es una buena idea si lo que se desea es tener menos ansiedad en la vida.

Aumentar nuestra disposición a experimentar sensaciones desagradables puede parecer tarea difícil, pero una buena manera de comenzar a lograrlo es permaneciendo voluntariamente con las sensaciones ansiosas durante una respiración completa; esto es, por aproximadamente 5 segundos.    Un momento de cero resistencia no significa que me gusta sentirme mal; mas bien significa que puedo elegir aceptar lo que no me gusta, que puedo demostrarme que soy capaz de sobrellevarlo y permanecer con ello, quizás incluso escuchar con detenimiento qué es lo que me quiere decir esa emoción.

Con la repetición lo que sucede es que se llega de manera muy natural al descubrimiento de que ese estado de disposición puede ser activado a voluntad y prolongado durante periodos mayores de tiempo.  El resultado final : aumento del umbral de tolerancia al malestar,  menos consecuencias negativas derivadas de los comportamientos previos, y, lo mejor, menos ansiedad.

Cuando estés aburrido :     El aburrimiento a menudo es una señal de que necesitamos prestar más atención a las cosas y no a alejarnos de ellas como solemos hacer cuando nos sumergimos en el celular en busca de estimulación.   La vida, al igual que las películas, está llena de escenas en las que “no pasa gran cosa”.  Fragmentos aburridos si se les compara con las mejores escenas, pero que son parte importante de la trama.   Si consideramos que no podemos estar en un estado elevado de estimulación todo el tiempo porque eso agotaría nuestros sentidos entonces ¿por qué no reconsiderar la importancia de esos momentos aburridos de los que siempre estamos tratando de huir?

Quizás el mejor argumento en defensa del aburrimiento sea el siguiente: está directamente ligado a la creatividad y la innovación.    Si nos mantenemos curiosos acerca de nuestro aburrimiento (en lugar de poner otro capítulo de alguna serie en Netflix), podemos utilizarlo como una oportunidad para dar un paso atrás y hacer nuevas conexiones.   Cuando se ha estudiado el efecto “eureka”, se ha encontrado que tiene varias etapas y que es precisamente el momento previo al descubrimiento final el que resulta decisivo.  Este momento equivale a un periodo de calma en el que el cerebro puede unir los puntos e integrar lo que se ha aprendido a través del estudio o de la experiencia.  En otras palabras, a menudo las mejores ideas son las que resultan precisamente de los momentos de aburrimiento.

La propuesta es esta. ¿Puedes permanecer aburrido y contigo mismo por 5 segundos antes de buscar alguna distracción externa que te distraiga? ¿Podrías sencillamente quedarte ahí y ver qué viene?

Cuando algo bueno te está ocurriendo: 

Uno de los hallazgos más alentadores de las neurociencias es el descubrimiento de que nuestro cerebro es plástico y maleable.   Si, como una plastilina, solo que los cambios en la forma están dados a nivel microscópico y en las uniones entre las neuronas.    Es con nuestra atención que le damos forma a nuestro cerebro; es decir, mientras más te fijas o piensas en algo, más se configura tu cerebro para hacer eso.

Lo anterior equivale a buenas y malas noticias a la vez.   Es desafortunado porque nuestro cerebro ya viene con una tendencia negativa: estamos configurados internamente para encontrar riesgos, peligros, contrastes… cualquier cosa que pudiera amenazar nuestro bienestar.  Es gracias a este “sistema operativo” que hemos podido sobrevivir como especie.   Entonces tenemos una desventaja muy importante:  cuando algo malo ocurre, el impacto se queda pegado a un cerebro que es como velcro para lo negativo y cuando algo bueno nos pasa el efecto se resbala de nuestro cerebro como si éste fuera de teflón.

Para sentir bienestar y disfrutar más nuestras vidas tenemos que crear y fortalecer en el cerebro las conexiones que lo permitan.  Afortunadamente, lograr esto no requiere cirugía cerebral; la ciencia ha demostrado que para favorecer nuevas conexiones neuronales basta con prestarle atención a los eventos positivos cuando ocurren, intensificar voluntariamente los efectos físicos y emocionales del mismo y permanecer en este estado por más tiempo de lo que habitualmente sentiríamos como “suficiente”.    La próxima vez que te encuentres en medio de un momento grato, si realmente quieres conservar los efectos en el archivo emocional asegúrate de notar lo que está ocurriendo y de amplificar en tu interior las sensaciones y emociones que estás experimentando.  Empápate de ello, imagina que lo absorbes, que se hace parte de tí… y justo cuando lo estés disfrutando al máximo quédate ahí por 5 segundos más.

 

ABC

 

 

Los momentos en los que el amor es ciego.

enero 15, 2016

Este año se añadió a nuestra manada un nuevo integrante: una Jack Rusell Terrier a quien adoptamos y decidimos nombrar Yakisoba.   Lo poco que sabemos de su historia es que viene de un criadero en el que era explotada y que perdió la vista como resultado de los malos cuidados de las personas de las que dependía.

Conforme Yakisoba se ha ido adaptando a su nuevo hogar la he observado con mucho interés. He aprendido que cuando se siente segura puede caminar por la casa con más confianza y sin chocar con las cosas; que cuando puede sentir que estamos ahí es mucho más curiosa y que explora, come y socializa mejor.

Sin embargo, Yakisoba también puede entrar en un estado de temor con mucha facilidad. Se inhibe cuando escucha variaciones en el volumen de los sonidos y también se inquieta cuando hay demasiados estímulos a su alrededor y no puede sentir que estamos cerca. A causa de su limitación visual son muchas las cosas que la asustan y es por medio del contacto físico o de la calidez en nuestra voz que conseguimos hacerle sentir que todo está bien. Yakisoba nos necesita de una manera muy particular porque nosotros somos sus sensores de seguridad – es a través de nuestros sentidos que puede encontrar cierta luz en la oscuridad en la que habita.

Las emociones humanas tienen mucho en común con lo que le sucede a Yakisoba.  Cuando sabemos y sentimos que contamos con una base segura, que hay alguien ahí para nosotros, somos la mejor versión de nosotros mismos. Por el contrario,  cuando experimentamos algunas de nuestras emociones más vulnerables, como por ejemplo tristeza o miedo, nos perturbamos y literalmente estamos en la oscuridad.  Esto sucede porque nuestro sistema nervioso tiene limitaciones para regular estas emociones en soledad _de hecho las interpreta como peligrosas para la vida_ e invariablemente llega un punto en el que necesitamos de la presencia de otra persona que pueda ser un sensor de seguridad para nosotros y que nos ayude a sentir que todo estará bien.

Al igual que un bebé llora y grita hasta encontrar seguridad emocional en los brazos de su madre, los adultos también necesitamos de que alguien nos vea y reaccione apropiadamente a lo que estamos sintiendo, sobre todo si no estamos bien.  Esa necesidad de contacto emocional y de ser reconfortados persiste en nosotros a lo largo de la vida y por lo general experimentamos miedo intenso cuando no lo encontramos de ciertas personas.

Inicialmente, fueron nuestros padres quienes a través de sus reacciones podían calmar nuestros miedos.  Más adelante en la vida es nuestra pareja quien recibe esa estafeta.  La persona a quien elegimos como compañera o compañero de vida tiene un impacto incalculable en nuestras emociones. Tiene la capacidad de acompañarnos en la oscuridad y de aplacar nuestro dolor… pero también puede tener iniciativas y reacciones que nos arrojan a una oscuridad peor.

¿Puede recordar la última vez que sintió rechazo de parte de su pareja? Tal vez Usted tomó una iniciativa afectiva o sexual y no encontró respuesta…    Intente ahora mismo sentir lo que suele ocurrirle en el cuerpo cuando su pareja se enoja con Usted y le trata con cierta hostilidad.   O quizás pueda recordar cómo se siente cuando han pasado días sin muestras de cariño entre ustedes… pero se encuentra con que su pareja abraza y besa efusivamente a sus hijos o a la mascota de la casa.

Lo que se siente en situaciones como esas es un dolor muy peculiar que fácilmente se convierte en rabia.  Cuando aquella misma persona con quien he encontrado seguridad emocional en el pasado deja de responderme en un momento en el que le necesito, lo más probable es que mi reacción sea muy negativa y desde las entrañas. Tal vez le reclame y le haga la vida imposible, o quizás le manifieste mi rechazo comportándome con indiferencia.

Lo que ocurre externamente por lo general no refleja lo que las personas están experimentando internamente en esos momentos. Una esposa puede estar “endemoniada” y mostrar un comportamiento hostil cuando en realidad por dentro se siente profundamente sola y no valorada. Un hombre puede reaccionar con frialdad y a la defensiva a lo que está percibiendo de su pareja (me odia, no ve nada bueno en mí) mientras que en su interior está intentando contener emociones de tristeza que amenazan con quebrarle frente a ella.  Los dos comienzan a reaccionar a la manifestación más superficial de las emociones del otro y en muy poco tiempo se crea un círculo vicioso en el que ambos se rechazan mutuamente. Nunca, nunca he conocido a alguien que no sienta dolor cuando se encuentra en medio de esa situación.

El dolor que siento en esos momentos en los que nos perdemos el uno del otro; cuando estamos tan desconectados que dejas de verme y yo necesito saber que estaremos bien es un sentimiento que rara vez conseguimos mostrarnos.  Por el contrario, la mayoría de las veces adoptamos visión de túnel hacia los detonadores: me hablaste feo, no me ves a los ojos, siento que otra vez te vas a enfurecer conmigo … y de inmediato me trastorno; sencillamente dejo de sentir que estamos en el mismo equipo.   En más de una ocasión he escuchado a una persona decirle a la otra en el consultorio: “Cuando te enojas conmigo me asusto. Necesito que me digas que todavía me quieres aunque sientas enojo hacia mí”.   Puede parecer exagerado, pero casi todos necesitamos ese reaseguramiento. Necesitamos saber que la conexión emocional todavía está ahí aunque estemos pasando por un mal momento.

Cuando se trata de rechazo y abandono todos tenemos un punto extremadamente sensible. La posibilidad de perder la seguridad que nos suele dar la presencia y el cariño de nuestra pareja nos afecta profundamente.

En ese sentido hay momentos en los que el amor es ciego porque cuando una situación nos lleva a sentirnos desconectados emocionalmente de nuestra pareja es como si se apagaran todas las luces de manera repentina y quedáramos sumergidos en una total oscuridad. Nuestro primer impulso será llamar al otro y preguntarle “¿Dónde estás?”. Si encontramos su mano y sentimos su presencia eso nos devolverá la calma porque no estaremos solos; nadie quiere estar solo en la oscuridad. Pero si, como generalmente ocurre, no encontramos una respuesta o recibimos un manotazo, nuestra reacción suele ser como la de Yakisoba: protestamos, hacemos ruido, reclamamos por la oscuridad.   La otra persona probablemente se comporte de manera errática, permanezca inmóvil o quizás se mueva con mucha cautela porque también está en la oscuridad y no entiende lo que ocurre; solo siente que no es seguro, que hay demasiado ruido y no sabe con qué está lidiando.   Ambos añoran encontrar una fuente de luz o de perdido localizar al otro en medio del caos, pero conforme comienzan a chocar entre sí y sus intentos de encontrarse fracasan terminan contribuyendo a prolongar la oscuridad y a sentirse todavía más distantes.

La próxima vez que vea esas actitudes negativas en su pareja intente recordar de dónde vienen. El enojo, los reclamos, el distanciamiento suelen ser reacciones que habitualmente adoptamos ante el miedo que nos da estar en la oscuridad. Recuerde que todos reaccionamos muy mal cuando sentimos que no se nos quiere.  Si su pareja está furiosa significa que eso es  como una fiebre durante una infección: es reflejo de que algo importante le ocurre y eso necesita ser atendido.  Si su pareja se distancia y evita el confrontamiento habitualmente significa que algo de la situación le está abrumando e incluso asustando.  Resista a esa voz en su interior que le invita a concluír que su pareja es una mala persona por comportarse de ese modo.

Respire y evite dar manotazos en la oscuridad. En lugar de eso intente ubicar en dónde estuvo el corto circuito, qué fue lo que apagó las luces. Atienda más a la desconexión emocional y menos a las manifestaciones de frustración del otro. Permanezca cerca y toque a su pareja si es posible; háblele en un tono suave y hágale saber que Usted está ahí, que puede darse cuenta de que algo importante sucedió. Mantenga apertura para entender lo ocurrido; no tema ir despacio y mostrar interés haciendo preguntas.

Inténtelo. Estas respuestas no van a solucionar los problemas, pero sí van a prender una vela en la oscuridad y a mitigar el miedo que suele surgir en esos momentos de desconexión… Se van a dar cuenta de que en realidad no están tan lejos el uno del otro; que los dos quieren y añoran exactamente lo mismo: seguridad y estabilidad emocional en las buenas y en las malas… en la luz y especialmente en la oscuridad.

 

 

Old soul is better: Lo que aprendí de la película “The Intern” (Pasante de Moda)

octubre 9, 2015

Quizás lo más notorio de la película “Pasante de moda” es el carisma del personaje de Ben Whittaker (Robert De Niro) que nos deja con una emoción muy grata al salir del cine.   Que Ben le terminaría cayendo bien a todo el mundo no era ninguna sorpresa, pero este personaje resulta ser mucho más que un “viejito buena onda”. Conforme vamos conociendo más de él y de cómo se relaciona con la protagonista y con los demás personajes de la historia nos comenzamos a sentir emocionalmente involucrados.  Eso no habla solamente del maravilloso trabajo histriónico de De Niro sino también de las peculiares características del individuo que personifica.

No es mi intención hacer una crítica de la película; como tal no creo que sea algo extraordinario, sin embargo el personaje principal sí lo es; yo lo observaba con fascinación y mientras veía la película no podía evitar pensar lo siguiente: Partiendo de cómo son nuestras relaciones con los demás hoy día, a muchos de nosotros nos vendría muy bien tener a alguien como Ben Whittaker en nuestras vidas.

Ben me parece particularmente fascinante porque representa mucho de lo que hemos perdido como personas, las cualidades de las que nos hemos alejado para poder adaptarnos a la manera en la que son las cosas ahora.   Probablemente lo que más me gusta de la película es que señala ese contraste y nos confronta; nos muestra un retrato de nuestras rutinas actuales y de lo mucho que nos duele la vida cuando nos sentimos desconectados de las personas, a pesar de que hablemos con ellas o les veamos regularmente.

Hay una escena en la que Jules, el personaje de Anne Hathaway le dice a Ben que no comprende por qué estar con él le calma y la mantiene centrada.  En efecto, conforme esta relación progresa, Jules no solo comienza a sentirse más enfocada sino que también comienza a regular mejor sus emociones, a ser más reflexiva acerca de su vida y a tomar decisiones más congruentes.   Y esto no necesariamente sucede porque Ben haya cubierto un vacío paternal en su vida (los padres de Jules parecen ser fríos y desapegados); más bien serían las actitudes y comportamientos de Ben los que tendrían ese efecto.   Sentir la presencia respetuosa de alguien a quien genuinamente le importamos y que está ahí para nosotros, sobre todo en momentos de necesidad, es una de las mejores medicinas que existen y también el elemento que más necesitamos para convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos.

Ben es una persona que ejemplifica a la perfección el significado de la palabra “mindful”.   Me cuesta mucho encontrar un equivalente en el idioma español, pero lo que representa es “alguien que está en consciencia constante de lo que ocurre consigo mismo y con los demás”.   Y es desde este tipo de consciencia que este personaje cultiva sus relaciones interpersonales.  Siendo viudo Ben resalta lo importante que resulta a su edad ser parte de una comunidad; al verlo uno incluso podría decir que necesita de estar con otros seres humanos para sobrevivir, y probablemente eso sea verdadero en un sentido literal.  Es por ello que  se le nota feliz de estar en contacto con las personas, les busca la mirada y el saludo, incluso facilita la conversación; Ben trata cada oportunidad de interacción con la misma devoción con la que un coleccionista se aproximaría a una pieza de arte.   Poseedor de gran sabiduría, Ben también despliega una gran curiosidad que le lleva a querer saber más de lo que desconoce del otro;  en lugar de asumir o de dar una respuesta apresurada hace preguntas; realmente se interesa en saber más acerca de la experiencia particular de su interlocutor y cuando escucha lo hace con una mente abierta, con verdadero interés.

Pero quizás lo más interesante de este personaje sea su capacidad para sintonizar emocionalmente y hacer “click” con los demás.  ¿Qué es lo que le permite hacer esto? Son 3 cosas: Que está accesible cuando se le necesita, que sabe responder a las emociones de los demás y que está realmente involucrado; en otras palabras, cuando se trata de entrar en contacto con el otro su presencia es total.  Disponibilidad, Respuesta emocional e Involucramiento; nada más ni nada menos que las características ideales para una relación significativa y fructífera entre seres humanos.  En las relaciones de pareja, cuando las personas consiguen sintonizar a través de estas tres actitudes, la satisfacción marital se eleva por los cielos.

Al observar a Ben reflexioné acerca de la necesidad de que haya buena conexión emocional entre las personas, y por supuesto, acerca de mis propias actitudes hacia mis seres queridos.  Me cuestioné ¿Cuántos minutos de atención nos podemos prestar hoy día antes de que llegue un mensaje y la sintonía lograda se pierda porque se dividió la atención? ¿Cuántas veces he hecho algo similar cuando estoy escuchando a alguien pero pensando en otra cosa? ¿O mientras estamos escuchando pero no estamos realmente abiertos a escuchar? ¿Cuántas veces he estado guardando mi propio punto de vista, defendiéndolo para mantenerlo inamovible?

El resultado de esa reflexión fue un deseo de trabajar en mis propias actitudes fuera del consultorio e intentar cultivar esas 3 características de manera constante en mis relaciones interpersonales.  Me di cuenta de que me he estado dejando llevar por una inercia que no me gusta y que cada vez me hace menos sentido.

Estoy convencido de que conectar emocionalmente era más fácil de lograr en el pasado que ahora que tenemos más alternativas para comunicarnos.  Las mejores conversaciones que he tenido en mi vida no han sido por medio de textos sino aquellas en las que he estado absorto en lo que está sucediendo frente a mí, en las que veo a los ojos del otro y no me siento incómodo de mantener ahí la mirada porque se siente natural hacerlo así.  Estoy convencido de que  una conversación genuina implica cierta vulnerabilidad, permitir que lo que digas realmente impacte en mí, que tenga un efecto en mis emociones y me cambie un poco para que después yo pueda mostrarte eso que pasa conmigo mientras estamos en ese encuentro.   No sé si les haya ocurrido pero a veces hasta las respiraciones se sincronizan y entramos en una especie de trance compartido y privado en el que podemos mostrar lo que sentimos, ser auténticos e incluso hablar de nuestros temores porque nos sentimos acompañados, respaldados…  Son esos encuentros  que se recuerdan con emoción y nostalgia; los momentos en los que te sientes realmente conectado con alguien y en los que las palabras fluyen y se siente bien estar ahí, como si estuvieras en la escena de alguna película y hasta la música ambiental queda perfecta.   Es en esos encuentros en los que se han creado y  fortalecido muchos de los vínculos que tengo con las personas que me importan.  Y tengo la sensación de que esos momentos han ido siendo cada vez más escasos.   Definitivamente no quiero el nuevo normal; al menos en lo que a las relaciones con las personas cercanas a mí se refiere;  creo que es hora de ser un poco  “retro”.

Supongo que hacer público el deseo de hacer estos cambios aumenta mis probabilidades de perseverar y es por ello que aprovecho la oportunidad para hacerlo.    De ese modo si los demás me ven ponerles el celular en la cara podrán decirme que estoy siendo incongruente; eso servirá como correctivo.   El otro aspecto a trabajar definitivamente tendrá que ser el nivel de involucramiento, principalmente al escuchar.  Menos agenda personal y más curiosidad; hacer más preguntas y dar menos opiniones; tratar los encuentros como si fueran sagrados e invaluables (realmente lo son).

Mi apuesta es la siguiente: Si presto más atención al escuchar, si estoy más presente y entro a la conversación con mis emociones sobre la mesa en lugar del celular; si realmente me involucro más con el otro y me permito ser sorprendido; si soy consciente de permitir que lo que me dicen realmente pase a través de mis sentidos y se convierta en una experiencia significativa, quizás consiga sentir aunque sea un fragmento del amor a la vida que le envidiamos a personas como Ben Whitakker.  No necesito tener 70 años para comenzar a valorar lo que está frente a mí.

Instrucciones profesionales para ser un/a Sin-Vergüenza

agosto 24, 2015 1 comentario

“No encontraba cómo decirles que no quería que dividieran la cuenta en partes iguales. No nos está yendo muy bien ahorita y tuve especial cuidado en pedir algo barato. Ellas pidieron muchas más cosas y algunas hasta pidieron alcohol. Cuando llegó el momento de pagar comencé a sumar lo que había sido mi parte y fue ahí cuando alguien me vio e hizo el comentario en voz alta. Dijo que no exagerara, que así no se hacen las cosas, y me cuestionó… me preguntó delante de todos si realmente no tenía trescientos pesos para pagar por una comida. Me sentí tan humillada. Todo fue muy rápido… Saqué dos billetes más a pesar de que no quería hacerlo, creo que hasta me disculpé y me odié a mi misma por hacerlo. Lo único que quería era esconderme, salir de ahí… Recuerdo que no quería que nadie me viera. Fingí que alguien me llamaba al celular para poder levantarme y salir de ahí sin despedirme. Me alejé con la mirada baja para que no vieran las lágrimas que estaban a punto de caer de mis ojos.   Me encerré en el auto y lloré como por quince minutos. Aún no lo entiendo pero incluso ahora al hablarte de ello me duele el pecho horrible y siento deseos de volver a llorar.”

Lo anterior no fue dicho por un cliente en particular, pero muchas personas me han contado historias similares.  No todos hemos estado en la situación del restaurante y sin embargo todos hemos estado ahí, en ese lugar oscuro en nuestro interior en el que sentimos el dolor del rechazo.

Todos, absolutamente todos hemos sentido vergüenza en nuestras vidas. Ya sea por no tener suficiente dinero o por no ser lo suficientemente atractivos, o lo suficientemente cultos, sofisticados, capaces, hábiles para los deportes… la lista podría extenderse. Todos nos hemos sentido “insuficientemente buenos” a lo largo de nuestras vidas y nunca hemos dejado de estar expuestos a sentirnos así una y otra vez.

Y es porque somos humanos que nadie se salva. Todos tenemos nuestro talón de Aquiles y conforme crecemos vamos encontrando cómo protegerlo con cierta cantidad de logros, con éxito profesional, un cuerpo estético, buen gusto al vestir, vocabulario sofisticado al hablar, etc.   Cada quien desarrolla su propio sistema de seguridad y aún así, pareciera que siempre estamos en déficit porque cuando sentimos vergüenza nos hacemos creer que si fuésemos o tuviésemos esto o aquello, entonces YA seríamos suficientemente buenos.   Y el paraíso prometido nunca llega.

La historia de la vergüenza a menudo comenzó en nuestra infancia cuando, por no disponer de mejores recursos mentales, nos explicamos tanto el rechazo recibido como las circunstancias negativas de nuestro entorno por medio de cuatro palabras: tal vez soy yo.   Esas palabras aún duermen en la parte de atrás de nuestra mente, como un dragón en espera de ser despertado; y una vez que despierta nos aplasta con un fulminante: Si, eres tu quien está mal.

Probablemente la expresión “me quise morir de la vergüenza” no sea simplemente una manera divertida de hablar de una situación embarazosa; cuando se siente vergüenza es, al menos en esos momentos, una experiencia extrema; una devaluación total de nuestra persona. Lo que hace a la vergüenza algo tan tóxico es que cuando aparece nos deja aislados en una soledad insoportable en la que sentimos que somos malos, que estamos fallados, que somos indignos y que nadie podrá querernos. Ese es el poder letal de la vergüenza, nos deja completamente vulnerables, nos pone en contacto con nuestros miedos más profundos al rechazo y nos expone completamente desprotegidos frente a nuestros propios juicios y los de los demás.

Lo más interesante de todo esto es que, a pesar de que sufrimos muchísimo a causa de la vergüenza rara vez estamos dispuestos a ocuparnos activamente de ella. Por supuesto, tenemos otras emociones que necesitan nuestra atención como la ansiedad o la tristeza, pero hay que considerar que una persona que está en un constante enjuiciamiento y siendo condenada a perder su valor ( por idiota, por gorda, por descuidada, etc. ) estará expuesta a complicaciones importantes, como por ejemplo una depresión.

Tiene tan mal aspecto la vergüenza que, incluso cuando se le trae a la conversación, nos ponemos incómodos. Ese es el efecto normal. Nos da vergüenza reconocer que sentimos vergüenza. En el consultorio hay ocasiones en las que, basándome en la información y en el lenguaje no verbal, puedo inferir que una persona está siendo consumida por la vergüenza; sin embargo, cuando hago una invitación a explorar lo que está sintiendo, rara vez es reconocida. Y si soy yo quien la menciona por lo general me miran como si repentinamente hubiera comenzado a hablar en un dialecto alienígena.

No, a nadie le gusta hablar de la vergüenza, mucho menos de la propia.   He concluido que si deseo invitar a la exploración de esa emoción debo referirme a ella como “enojo con uno mismo”, al menos en un inicio.   Después, muy poco a poco, vamos reconociendo su apariencia, y sobre todo sus efectos y es ahí donde por lo general me dicen: “no tenía idea, pero eso es exactamente lo que siento. Y me está dando en toda la madre”.

Todos los seres humanos experimentaremos alivio conforme comencemos traer a la vergüenza a la conversación.   Sin embargo, me atrevería a decir que muy en especial los hombres nos beneficiamos de comenzar a enfrentar al monstruo. La vergüenza masculina es fascinante; está todavía más castigada, posee características muy particulares y tiene un rol importantísimo en las decisiones que un hombre toma y en la manera en la que enfrenta los problemas con su pareja.   Es por lo anterior que quisiera desarrollar ese tema en una segunda parte de este artículo.

Así que para poder escribir acerca de la vergüenza, no solo he estudiado acerca de ella sino que también he tenido que ponerme en contacto con mi propia vergüenza. Tengo al dragón enfurecido aquí a un lado en estos momentos, acompañándome, viéndome teclear, juzgándome silenciosamente; es más, le he pedido que me recuerde algunas de las veces en las que supuestamente he sido inaceptable, ridículo, rechazabe e inquerible. Vaya si he sentido vergüenza. Pocas veces lo manifesté, muchas veces ni siquiera sabía qué era lo que estaba sintiendo, pero cuando miro en retrospectiva o conecto con la experiencia puedo sentir lo doloroso que fue y sigue siendo. Cómo me hubiera gustado que me enseñaran acerca de todo esto en la escuela primaria, estoy seguro que hubiera hecho una diferencia importantísima en mi vida y la de los otros niños.

Francamente me hubiera encantado saber que la versión sana de la vergüenza se llama pena y que con la ayuda adecuada podemos elegirla y salir bien librados. ¿Cuál es la diferencia entre una y otra? Cuando sentimos pena, nos ruborizamos y sentimos una incomodidad física y emocional que desaparece rápidamente; en breve podemos olvidar lo ocurrido o recordarlo con sentido del humor y sobretodo con la autoestima intacta.   La pena puede incluso tener utilidad como regulador de nuestro comportamiento.  Pero con la vergüenza nuestra conducta tiende a ser destructiva en lugar de adaptativa; no nos sirve y por si eso fuera poco, su efecto en el cuerpo es más intenso y más largo. Cuando sentimos vergüenza la presión arterial sigue elevándose gradualmente incluso horas después del incidente.   Tiene todo el sentido del mundo, el suceso se termina, pero queda el auto-ataque: “¿Qué clase de estupidez fue esa? Todo está mal conmigo… no soy como los demás… por eso nadie me toma en serio”.

Por lo general hay áreas de nuestra vida en las que estamos más expuestos a la vergüenza, algunas de las más comunes: la apariencia física y sobre todo el peso; el éxito y la capacidad adquisitiva; qué tan agradables/aceptables somos, nuestro nivel de cultura e inteligencia, etc.   En términos generales, situaciones en las que nos comparamos/medimos y en las que se determina si somos buenos o malos en función de nuestro desempeño como padre/madre, pareja, hombre/mujer, etc.

Los detonadores específicos de la vergüenza suelen ser muchos y por lo general no los conocemos.   A veces se encuentran bien acomodados en nuestros hábitos cotidianos o en algunos comportamientos de nuestra pareja o amistades cercanas.   Hace poco una persona me contaba que había notado que mientras se distraía en Instagram se comenzaba a sentir mal al ver fotos de los cuerpos perfectos que pretenden inspirar a las personas a seguir el estilo de vida sano. Me decía: “me sentía horrible, como una amargada mientras veía esas fotos, pero seguía viéndolas compulsivamente. Cuando me di cuenta ya estaba comiendo parada junto al refrigerador”.   Resulta era vergüenza lo que sentía; esa punzada emocional en el pecho que deriva de sentirse defectuosa por no tener ese cuerpo y, como consecuencia aparente, ser inaceptable como mujer.   Algo que también es característico de esos momentos vergonzosos es que por lo general terminamos siendo dirigidos sigilosamente hacia comportamientos que nos hacen sentir todavía más vergüenza, como fue el caso de comer junto al refrigerador. Nuestras reacciones automáticas hacia la vergüenza por lo general nos hacen sentir peor.

Esas cosas que a lo largo de la vida hemos aprendido a hacer y que nos ayudan a mitigar los efectos de la vergüenza rara vez funcionan.   Al ser activados, digamos con una primera cita fallida, si desconocemos el origen de ese malestar emocional volveremos a esa vieja explicación que alguna vez nos dimos: “ soy yo quien tiene algo malo” y puesto que pensar eso es extremadamente doloroso, tendremos que hacer prácticamente cualquier cosa para obtener algún tipo de validación de emergencia (coquetearle a un extraño) o bien para entumir el malestar emocional (emborracharse). Y así es como nos metemos el pie, es decir, actuamos de manera impulsiva y por lo general con consecuencias negativas.   Si esta reacción a la vergüenza tuviera una lógica en esos momentos sería algo así como “Pues ya que soy una porquería, al carajo todo”.

¿Qué se recomienda hacer cuando ya despertó el dragón y se está sometido por la vergüenza?  Primero que nada, reconocerla; nuestras sensaciones físicas nos darán aviso y para ello necesitamos observarlas, son diferentes en cada persona. Reconocer esa sensación de vacío en el pecho o el sudor de las manos nos permitirá saber en qué clase de territorio estamos parados.   Una vez ahí tenemos que saber que una parte nuestra nos dirá que hagamos algo desesperado (emprender venganza, tomar más pastillas para adelgazar, ir al centro comercial y dar un “tarjetazo” o pedir un shot de tequila) y que es importante reconocer que eso es una trampa. Ningún comportamiento destinado a compensar la vergüenza tendrá el poder de darnos el valor propio que sentimos haber perdido. Es como un pozo sin fondo, nos seguiremos diciendo cosas como “valdré la pena cuando yo tenga/sea….”.   Nunca será suficiente.   Otro comportamiento a evitar sería el aislamiento físico o emocional; a la vergüenza le encanta el secretismo, es ahí en donde se prolifera. Cuando estamos avergonzados no podemos pensar claramente ni recordar que nuestras acciones y deficiencias no definen quienes somos.

Lo único que realmente nos puede rescatar de la vergüenza es ir en la dirección opuesta: buscar conexión. Acudir a una persona con la que tengamos un vínculo sólido y genuino, alguien que pueda escuchar lo que nos ocurrió con compasión y sin juzgarnos.   Podemos incluso darle instrucciones, porque en esos momentos no necesitamos que nos resuelvan el problema o que nos animen señalando nuestras cualidades; simplemente necesitamos aceptación y empatía. Necesitamos poder presentarnos en carne viva frente al otro y ser reconfortados. Contar con un lugar seguro al cual acudir y en el que podamos apropiarnos de la nuestra vulnerabilidad y compartir nuestra historia con alguien que se haya ganado el derecho a escucharla.   La vergüenza odia que hagamos eso, no soporta que le pongamos palabras y las compartamos.   Es ahí donde comienza a perecer.

Se requiere de mucho valor para ir hacia el otro ( pareja/familiar/amigo ) y decirle: “Me regañaron en el trabajo y me siento la persona más incompetente del mundo. Creo que ni yo mismo me contrataría”.   Es realmente heroico atreverse a dar ese paso y vulnerarse todavía más al mostrarse así para rescatarse de la vergüenza. Después de todo, son precisamente esos aspectos de nosotros mismos los que habitualmente tratamos de esconder del mundo y que detestamos en silencio.

Imagínate corriendo ese riesgo con la persona adecuada en el momento adecuado. Imagina cómo sería sentir la calidez en la compañía del otro y escucharle decir: “Sé cómo te sientes, yo también he estado en ese lugar. Aquí estoy para ti mientras esto pasa.”    ¿Cómo se sentiría eso?

(…Continuará en una segunda parte. )

¿Por qué estamos peleando realmente cuando peleamos?

marzo 27, 2015 3 Comentarios

¿Cómo reaccionaba a los regaños de sus padres en su infancia? ¿Recuerda Usted? Yo no.   Pero afortunadamente mi madre tiene buena memoria y cuenta que cuando yo era muy pequeño y ella se enojaba conmigo había algo muy particular acerca de mi manera de reaccionar.   Parece ser que después de algún regaño, y al escucharle decir mi nombre con ese tono característico de mamá molesta, yo me acercaba a ella, la miraba a los ojos y le decía “Díceme Coquito”.

¿Recuerda la cara que ponía el gato con botas en la película Shrek? Seguramente así me veía yo cuando llegaba a tocarle la mano y a pedirle que me diga “coquito”, que era la manera cariñosa en la que me llamaba desde que era un bebé. Creo que a veces hasta se lo decía llorando.  Probablemente muchos niños hacen cosas similares, se puede inferir que están intentando despertar simpatía, quitarse el castigo o algo similar; pero , en mi caso, supongo que lo que realmente quería obtener en esos momentos con ese apodo en particular era un medio para medir la relación, es decir, algo que me permitiera calcular qué tan enojada se encontraba conmigo y aproximadamente en cuánto tiempo volverían las cosas a la normalidad entre nosotros.

Hoy día, muchos años después, puedo mirar esas interacciones a través del lente de mi profesión y encontrarles nuevas complejidades.   De hecho, me es posible relacionarlo con algo que sucede muy frecuentemente en nuestras relaciones de pareja.   Y no, este artículo no es acerca del complejo de Edipo, me refiero al apego, ese poderoso vínculo emocional que tenemos con las personas que nos cuidaron en la infancia y que posteriormente se re-crea con estilos muy particulares cuando nos enamoramos de alguien.

Venimos al mundo completamente dependientes, necesitamos de que alguien nos cuide, nos alimente y que también conecte emocionalmente con nosotros. Esa necesidad de conexión emocional es parte de nuestro cerebro mamífero; hoy día contamos con estudios científicos que demuestran que, desde el nacimiento hasta la vejez nuestra vida parece depender de esa conexión. Y esa es la parte controversial, porque todos están de acuerdo con la idea de que los bebés necesitan que los cuiden y que los amen pero si un adulto se atreve a decir que necesita de otro casi inmediatamente será considerado inmaduro, codependiente y recibirá una cátedra acerca del por qué debería corregirse y esforzarse para no depender de nadie. “Ámate a ti misma!!, quiérete!!”, le dirán los más fieles seguidores de algún gurú popular de esos que hablan bonito en público.  Si bien es algo deseable amarse a uno mismo, en realidad no es suficiente; nuestra capacidad para regular nuestras emociones, sobre todo las negativas,  depende en gran parte de la presencia de otro sistema nervioso. Necesitamos a otro ser humano que esté ahí para nosotros y que realmente nos vea, que sintonice empáticamente y responda si estamos en necesidad.

¿Alguna vez le han hecho la ley del hielo? ¿Recuerda lo que siente cuando su pareja se cierra y se niega a seguir hablando dejándole en medio de un caos emocional? ¿O la experiencia de ver que su cónyuge siente tanto enojo y decepción que le hace sentir que quizás ya no ve nada bueno en Usted y no podrá quererle más? Hoy día sabemos a ciencia cierta que en escenarios como estos se activan los centros de dolor en el cerebro y que las personas genuinamente sufren. Es a partir de este dolor que las personas hacen una de dos cosas : a) protestan intensamente buscando pleito, aferrándose, celando o agrediendo; o b) se ponen a la defensiva, se cierran y se alejan; todo con el mismo objetivo: hacer desaparecer ese dolor.   Esas reacciones tan extremas no son berrinches ni exageraciones como suelen parecer en el momento; tienen sentido porque estamos en verdadera agonía emocional, literalmente son patadas de ahogado. El dolor que sentimos cuando peleamos con nuestra pareja y quedamos desconectados el uno del otro es registrado en nuestro cerebro como una amenaza de aislamiento y puesto que somos mamíferos que necesitamos de otros para sobrevivir nuestro sistema nervioso dispara alarmas porque identifica que estamos peligro de muerte. Así es como entramos en un estado de pánico de apego que es idéntico (en sensaciones físicas y emocionales ) a lo que siente un niño cuando se pierde en un centro comercial ( ¿ha visto con qué desesperación gritan? ). Cuando se encienden esas alarmas en nuestro interior de inmediato sentimos que hemos perdido toda seguridad, que moriremos y que no habrá nadie ahí para nosotros. En otras palabras, cuando nos sentimos rechazados por nuestra pareja nos duele y sentimos terror. Los terapeutas de pareja escuchamos muy frecuentemente cómo las personas usan analogías de muerte al intentar explicar cómo es para ellos cuando, después de una pelea, no consiguen reparar o reconectar; a menudo dicen cosas como “me matas con esa mirada, con el rencor que me tienes” o “siento que me ahogo y tu no vienes a ayudarme, que te quedas en la orilla viéndome morir y no te importa”.

Hace unos días reflexionaba en una sesión con alguien a quien le sugerí acercarse a su pareja para decirle que se estaba sintiendo insegura porque habían mujeres demasiado atractivas en la reunión. Mi consejo era: “dile cómo se siente pensar que no puedes competir con ellas y pídele que tome tu mano mientras te sientes mejor”. Termino de hablar y me doy cuenta de que me está mirando con el ceño fruncido como si le hubiera dicho un disparate; le pregunto qué pasa y me dice que no cree que eso pueda servirle para sentirse mejor; y le respondo: “¿Y enojarte con él y hacerle una escena de celos que lo pone a la defensiva contigo sí ayuda a que te sientas más segura? ¿Les acerca y puedes sentir que lo que ustedes tienen es especial? O más bien les aleja y entonces no solo te sientes insegura sino también ansiosa”.   Entendió el punto.

Las estrategias que utilizamos comúnmente para manejar ese pánico tienen sentido para nosotros en esos momentos pero son ineficaces y tienen el poder de crear círculos viciosos de interacción en los que terminamos atrapados.  Uno protesta y el otro también.  Comienzan a pasarse la “papa caliente” el uno al otro para ver quién es el “malo” de la película.  O bien uno protesta y el otro se aleja para defenderse de lo que percibe como una emboscada mortal. En otra variante más peligrosa los dos optan por alejarse y aprenden que es más seguro no esperar nada bueno del otro.  En todas esas posibilidades, habitualmente terminamos mal: sufriendo en silencio e intentando distraernos de ese dolor con el celular, con alguna sustancia y a veces con alguna otra persona. Nadie gana, nadie obtiene lo que realmente quiere, la relación comienza a desgastarse.  Una alternativa viable y ciertamente más efectiva es ir al núcleo del asunto y mostrar lo que realmente está ocurriendo, acudir al otro, pedirle ayuda.

Ser capaces de acercarnos a otro ser humano y pedir apoyo emocional cuando lo necesitamos es una muestra de lo mucho que hemos evolucionado como especie.  La dependencia emocional efectiva no es inmadura ni patológica, de hecho es nuestra mayor fortaleza.   Pero, tengo que admitir que la incredulidad de mi cliente tiene un punto perfectamente válido: hoy día la expresión de la vulnerabilidad tiene muy mala fama. Como sociedad hemos aprendido a reaccionar negativamente a las expresiones de necesidad emocional; le rendimos tributo a la independencia y vemos mal e incluso criticamos a aquellas parejas que se ven “muy juntas” y se piden ayuda emocional uno al otro. Hoy día muchas personas piensan _justificadamente_ que decirle a su pareja “te necesito” es una herejía, va contra las reglas (no sé cuales) y equivale a arriesgarse a ser rechazado, juzgado y hasta regañado. Como consecuencia de ello muchas personas se sienten avergonzadas de su propia necesidad natural de amor y reaseguramiento.  Y es lamentable, porque realmente necesitamos de ello, sobre todo cuando estamos en dificultades… sobre todo cuando peleamos.

Los beneficios de una buena conexión emocional son muchos: Las neurociencias ya han demostrado que la necesitamos para subsistir y que tenemos mejor salud, somos más creativos y más felices cuando experimentamos cercanía y tenemos una base segura.   Contar con alguien de quien podemos recibir apoyo emocional consistente fortalece nuestro sistema inmune, reduce nuestra probabilidad de morir de cáncer o de tener un infarto y en términos de salud mental tiene un efecto más significativo que ganarse la lotería. Construir con otro un refugio seguro en el que podamos resguardarnos de las adversidades de la vida es el antídoto natural para el miedo y el dolor.

Pero enfrentamos una contradicción y nos hemos metido en tremendo lío: aquello que tanto necesitamos y que nos representa tantos beneficios no tiene un lenguaje para ser expresado ni solicitado.   Y entonces lo único que nos queda por hacer cuando sentimos que perdemos lo que nos une es protestar (reclamarte por el dolor que siento) o retirarse emocionalmente (me alejo para que tu rechazo no me duela más). Y nada de eso funciona, al contrario, nos hace sentir todavía más alejados, aislados y sintiéndonos lastimados por la persona más importante en nuestra vida.

¿Por qué teniendo la conexión emocional tantos beneficios y sobre todo si experimentamos tanto dolor cuando sentimos que la perdemos, nos sigue siendo imposible tener una manera de expresar que estamos en , posiblemente, una de las peores situaciones emocionales por las que un ser humano puede pasar y que necesitamos más que nunca de nuestra pareja?

Por dos razones:

  1. Tenemos problemas para expresar que estamos en dolor. No tenemos las palabras. ¿Cómo te digo que cuando te olvidas de llamar me sumerjo en un abismo de miedo porque dejo de sentir que soy importante para ti? ¿Cómo te expreso que cuando te molestas conmigo y dejas de hablarme una parte de mí siente que debo empezar a endurecerme en caso de te vayas y ya no exista un nosotros?
  2. Aún si existiera el lenguaje, si nuestra pareja nos expresa lo anterior, para entenderlo y decodificarlo adecuadamente tendríamos que ubicarnos en una posición de vulnerabilidad que está prohibida. La asociamos con algo siniestro, con  debilidad.   Desafortunadamente para nosotros, la vulnerabilidad es el punto de inicio de la empatía.   Entrar en lo que me dices requiere que me vulnere. No puede haber empatía sin vulnerabilidad porque para poder empatizar necesito activar en mí esa parte que sabe cómo se siente estar mal, estar caído. Necesito estar dispuesto a sentir tu dolor.

Para que la conexión pueda darse necesitamos dejarnos ver, realmente permitirnos ser vistos a profundidad y tal cual estamos en esos momentos incluso si no tenemos garantías de que el otro nos mirará de regreso con compasión.   Pero es un riesgo que alguien tiene que tomar, por que la alternativa de “primero muerta antes de darle el gusto de verme llorar” inicia un juego psicológico que termina por carcomer a largo plazo los cimientos de la relación.

Dadas nuestras limitadas e ineficaces alternativas :

¿Será que debamos comenzar a practicar maneras de acudir a nuestra pareja y pedirle ayuda en lugar de iniciar esos círculos viciosos? Podríamos acaso arriesgarnos a ser vistos sin la armadura? ¿Crear nuestro propio lenguaje para utilizarlo precisamente en esos momentos tan difíciles en los que sentimos el dolor de la desconexión emocional?

¿Será que seamos capaces, ya de adultos, de aceptar nuestra vulnerabilidad y dejarle ver a nuestra pareja cuánto la necesitamos? ¿Podremos mirarle a los ojos mientras le tomamos de la mano y pedirle “díceme coquito”?.

ANBC

El enemigo que llevas contigo

enero 22, 2015 2 Comentarios

Al reflexionar acerca del 2014 puedo darme cuenta de que fue un año particularmente productivo para mí, sin embargo, también lo recuerdo como un periodo de estrés y ansiedad que casi me quiebran.

Fue un año difícil: problemas con el sueño, cansancio crónico y mareos, entre otros.  Como era de esperarse, pasé mucho tiempo inmerso en  las preocupaciones que derivaban de esos malestares, los monitoreaba con particular atención, me preguntaba por qué no desaparecían a pesar de que yo estaba haciendo todos los esfuerzos “correctos” para contrarrestar el estrés:  ejercicio, yoga, pasatiempos, terapia personal… De algún modo todos ellos fueron de ayuda, pero el problema continuaba y llegó un punto en el que prácticamente toqué fondo.  Fue ahí donde decidí hacer un cambio de enfoque: dejar de luchar en contra de lo que estaba ocurriéndome y observarlo con curiosidad, intentar aprender lo más que fuera posible de ello.  Me vendí a mi mismo la idea de ver el asunto como una oportunidad: estudiar al estrés y a la ansiedad desde adentro tenía sentido, sobre todo cuando gran parte de mi trabajo consiste en ayudar a personas que experimentan emociones similares.

Conclusión: intentar controlar los síntomas era completamente inútil puesto que la ansiedad, al igual que todas las demás emociones, intentaba comunicar que había algo de lo que debía ocuparme; su presencia (e insistencia) estaba cubriendo una función importante.    A veces los síntomas son tan molestos e incómodos que terminan por ocupar toda nuestra atención, y podemos pasarnos muchos meses peleando contra ellos, pero es únicamente al escuchar el mensaje que comunican que podemos encontrar una solución definitiva.   Fue así como descubrí que necesitaba hacer cambios radicales, la manera en la que estaba viviendo no podía ser sostenida por un año más, mi cuerpo no estaba dispuesto a tolerarlo, y con justa razón.

Fue a través de una minuciosa observación que resultó ser muy claro para mí que el malestar físico parecía estar relacionado con una actividad mental en particular:  el multitasking.  Yo, al igual que usted, me he jactado, beneficiado e incluso disfrutado de las recompensas de ser capaz de hacer varias cosas a la vez.  El multitasking me ha hecho sentir eficiente, capaz de conquistar las demandas del día, abarcar más… pero también me enfermó.

Me fui dando cuenta muy claramente de que el mismo acto de apagar la alarma del celular al despertar pautaba el inicio de una ramificación muy brusca en mi actividad mental:  “¿Qué pendientes tengo hoy?”,”¿Llegaron correos?”,”¿mensajes?”,”¿hay que contestarlos ahora?”, “ok lo haré ahora mismo para no tener que recordarlo después”, “no olvides esto”, “¿tengo notificaciones en facebook?”, “¿en instagram?”, “¿Ya es tarde?”, “A ver esta noticia”, “¿Será que llegue la epidemia del ébola a México?”, “le llamaré a esta persona mientras manejo al trabajo”… y así comenzaba la historia. Cuando finalmente salía de casa, mi mente ya se encontraba sobre-estimulada y los síntomas del estrés aparecían de inmediato.   Hoy por hoy me doy cuenta de que de no haber diversificado tanto mi atención en ese momento hubiera podido concentrarme en lo que estaba frente a mí: terminar de despertar y fluir con el ritual matutino, sentir la seguridad de su estructura, vivir esos primeros minutos del día con consciencia total en lugar de ir diez pasos adelante, darle tiempo al cuerpo de recibir un primer aporte de nutrientes y de regularizar sus niveles químicos.  No tendría nada de descabellado preparar la mente antes de exponerla al bombardeo incesante de información al que estamos expuestos, permitirnos adoptar una disposición adecuada para enfrentar los primeros retos del día de manera estructurada y evitar en la medida de lo posible hacer varias cosas a la vez.

Estoy convencido de que la manera en la que funcionamos los primeros momentos del día marcan la pauta de cómo nos sentiremos a lo largo del mismo; ¿Ha observado sus hábitos matutinos? Yo lo hice y no me gustó lo que encontré:  Soy esclavo de las exigencias del celular y de las personas que a través de él demandan mi atención; odio su vibración, tiene el poder de ponerme alerta en una fracción de segundo, incluso de despertarme por las noches; inmediatamente después de apagar la alarma lo primero que me estaba metiendo a la cabeza era el contenido de un correo electrónico o de alguna noticia irrelevante, a lo largo de la mañana ( y del resto del día también ) me las ingeniaba para tener SIEMPRE una preocupación en la cabeza, incluso mientras comía o hacía algo placentero como tomar un baño.  Siempre haciendo más de una cosa a la vez…y sintiéndome inquieto.

No estoy exagerando, me atrevo a afirmar que estamos subestimando los efectos del multitasking y del ritmo de la vida que ahora consideramos normal.   Los avances tecnológicos nos facilitan la vida, pero adicionalmente han hecho que necesitemos alterar nuestro funcionamiento mental para poder adaptarnos a sus demandas.  Estamos pagando un costo muy elevado, y ni siquiera lo sabemos, no hubieron advertencias ni letras chiquitas en el contrato que firmamos con el fabricante del teléfono cuando decidimos jurarle devoción absoluta.

Permítame presentarle algo de evidencia científica de lo anterior:

1. La investigación señala que existe una relación directa entre la felicidad y el acto voluntario de vivir determinados momentos con consciencia plena, o como dice el dicho americano: detenerse a oler las flores.  Por lo tanto, resulta un problema importante que la configuración actual de nuestras vidas apunte precisamente hacia la dirección contraria; hacer dos o más cosas a la vez no solo parece ser normal hoy día sino incluso deseable.   Pareciera ser que si nos enfocamos en solo una cosa no podremos seguirle el ritmo a la vida.   Es de lo más común que a lo largo de nuestro día necesitemos responder a dos realidades de manera simultánea: la inmediata y la que se desarrolla en el celular, o en lo que crea nuestra mente; y vaya, nuestras mentes parecen ser más inquietas que un chihuahua en celo.  Por ejemplo, cuando estamos en una conversación y recibimos un mensaje de texto se genera una demanda de atención inmediata, así que leemos los mensajes e inadvertidamente comenzamos a movernos en dos dimensiones; súbitamente ya somos parte de dos o más conversaciones y entramos en un frenesí en el que hacemos malabares para no perder el hilo de nada y dar respuesta a todo.   Olvídese de la falta de respeto hacia el interlocutor que está frente a nosotros, en realidad lo que debería preocuparnos es que:

2. En realidad nuestros cerebros no están hechos para hacer multitasking.   Cuando sostenemos más de una conversación a la vez, lo que estamos haciendo en realidad es cambiar muy rápidamente la atención de una tarea a otra, lo cual resulta en un desempeño limitado y genera un estado de estrés en el cuerpo.  Es forzado, nuestro sistema nervioso tiene que alterar su funcionamiento normal para permitirnos ese funcionamiento, y lo hará a expensas del bienestar y de la salud.   Si nuestro cerebro pudiera enviarnos un e-mail para quejarse, probablemente diría: “¿Por qué me estás pidiendo que tome tantas decisiones a la vez y sin descanso?”.   Nuestro sistema nervioso no distingue entre lo importantes y lo trivial, a la hora de tomar decisiones el proceso mental es el mismo; y el multitasking genera un efecto ametralladora que nos desgasta.

3. El costo a pagar por hacer multitasking también involucra un desequilibrio químico en el cuerpo.  El cortisol y la adrenalina, que son hormonas que se liberan bajo condiciones de estrés, son secretadas en grandes cantidades cuando hacemos dos o más cosas a la vez.  Estas concentraciones de hormona en sangre serían muy útiles si tuviera que correr por su vida mientras es perseguido por un animal salvaje, pero ¿para alternar entre la ventana del facebook y la de Word en la computadora? Haga Ud. las cuentas.   Porque esto es exactamente lo que sucede,  el cuerpo, intoxicado con estas hormonas, permanece en estado de alerta y experimenta diferentes tipos de desgaste por acción de las mismas.  El cortisol elevado ha sido relacionado con mayor almacenamiento de grasa, deficiencias inmunológicas, deterioro la memoria, otros desajustes hormonales y problemas de ansiedad, como los que yo tuve.

4. Estamos cambiando. A estas alturas, casi todos nos hemos creado un “Déficit de atención” que es parte de nuestra cultura. Pareciera ser que cada vez tenemos menos capacidad para mantenernos concentrados en una cosa por un tiempo prolongado.  Este fenómeno tiene mucho sentido:  existe tanta estimulación a nuestro alrededor que nuestra mente ha tenido que aprender a procesar los estímulos de manera simultánea y a interpretar ese proceso como un “nuevo normal”.   Esto también tiene una explicación orgánica: desviar nuestra atención hacia lo novedoso recompensa al cerebro con dopamina, el neurotransmisor implicado en el mantenimiento de la adicción a las drogas y a ciertos comportamientos; en otras palabras, somos recompensados cada vez que dividimos nuestra atención.  El cerebro comienza a preferir el “pasón” de dopamina que viene con la novedad del multitasking en lugar de obtener el placer que derivaría del logro por medio del esfuerzo.  Puesto que el cerebro humano es plástico y sigue cambiando hasta el último día de nuestras vidas, es posible afirmar que no solo nos estamos volviendo adictos sino que también nos hemos moldeado a nivel neurológico para poder adaptarnos a un modo de vivir que nos exige perfeccionar el multitasking para adaptarnos.   Y entonces, estamos fritos porque se ha creado un círculo vicioso.

Muchas cosas están cambiando en nuestra manera de vivir y no nos hemos detenido a llevar nuestra atención hacia adentro para escuchar si a nuestro organismo le vienen bien estos cambios.   La ansiedad, el estrés y muchos de los síntomas que también ya son presencias comunes en nuestras vidas podrían estar intentando señalarnos que necesitamos reconectar con nuestro cuerpo y reconocer que nuestro órgano maestro está cambiando para mal, que muy pronto se fijará tan alto el umbral de nuestra atención que dejaremos de ser capaces de disfrutar plenamente de una canción, de una atardecer, o de una conversación si no nos ofrecen la estimulación a la que estamos acostumbrados.

Y fue así como me puse en disposición de observar y de reflexionar.  Me he dado cuenta de que ya existe una inercia en mi interior que lleva hacia el multitasking y que, de manera consistente, cada vez que caigo en el hábito una alarma se dispara en mi interior; antes no la reconocía, pero ahora entiendo el mensaje. A mi cuerpo le disgusta muchísimo que yo haga varias cosas a la vez, y aún así, mi mente lo sigue pidiendo.  Definitivamente tenía que hacer algo, no me gustó lo que descubrí.

Así que me propuse cambiar de manera gradual, ir haciendo reversibles los estragos que le hice a mi sistema nervioso durante meses, años quizás.   Al igual que con otros cambios, me resultó útil: a) definir los comportamientos nuevos que deseo sustituyan a los anteriores, b) mantener expectativas realistas y no esperar perfección y c) hacer público el compromiso, por lo cual estoy escribiendo este artículo.

Apoyándome en diferentes propuestas de la psicología positiva, de la terapia cognitiva y de la investigación en torno a los beneficios de la meditación de consciencia plena, elaboré un proyecto de trabajo personal que resultó en lo que presento a continuación:

1. En lugar de atender inmediatamente al celular por algún mensaje o llamada, me permitiré un tiempo para contemplar la vibración y retrasar el tiempo de respuesta, esto me permitirá recordarme a mi mismo que NO tengo que atender inmediatamente.  En general, planeo atender mucho menos al celular, lo pondré a cargar lejos de mí para evitar la tentación de utilizarlo antes de dormir o al despertar.  Seré cuidadoso con la información que ingreso a mi mente en esos momentos.

2. Si estoy en medio de una conversación y el mensaje de texto no es urgente, puede esperar. Me entrenaré a mi mismo para no sentirme mal por responder únicamente cuando me sea posible, no tengo por qué estar disponible al instante.  Un buen amigo dijo algo que me gustó mucho:  “Disponible, mas no esclavo del whatsapp”.  Perfecto. La persona o situación que tengo enfrente siempre será prioritaria a menos de que se trate de una emergencia: de ser así, me ocuparé únicamente de eso.  Una cosa a la vez.

3. Dedicar cuando menos dos minutos al día para estar en silencio y dedicarme a una sola cosa: observar mi respiración.   Existen estudios que han probado que el simple acto de estar quieto sin atender a ningún otro estímulo que no esté relacionado con la respiración tiene la capacidad de cambiar el patrón de funcionamiento eléctrico del cerebro.  Prefiero tener un cerebro que sea capaz de serenarse.

4. Intentar hacer cosas con consciencia total, aunque sea de manera breve, me permitirá rehabilitarme de mi propio déficit de atención .  Lavarme los dientes y no hacer otra cosa más que eso representa aproximadamente un minuto de práctica. También sería buena idea tomar la decisión de estar 100% presente al conversar con alguien, al comer, etc.

5. Pasar de una preocupación a otra mientras estoy haciendo algo también es multitasking.  Y es uno de los generadores más eficientes de ansiedad. Estoy verdaderamente interesado en detener la ráfaga incesante de preocupaciones que mi mente es capaz de generar y tomar la decisión de anclarme en el presente inmediato cuando detecte que eso está sucediendo.  Vivir más en el ahora y menos en el futuro, sobre todo si éste tiene tintes catastróficos en mi imaginación.

Al final del presente año les haré saber a través de este blog cuales fueron los resultados de este proyecto personal. Espero beneficios muy importantes. Creo que no solamente estaré más tranquilo a lo largo del 2015 sino que probablemente también experimente más felicidad.  Ya veremos.

¿Alguien más quisiera intentarlo?

El síndrome del “Whatsapp”

noviembre 12, 2014 1 comentario

No tienen idea de cómo lamento que un porcentaje tan elevado de las conversaciones importantes en mi vida se estén dando a través del Whatsapp.

Últimamente la aplicación ha sido tema de discusión en todas las redes sociales, con la más reciente actualización ahora se puede saber cuándo, quién y a qué hora fue leído un mensaje.  Como si no tuviéramos suficientes problemas ya, ahora podremos ofendernos más fácilmente y tendremos que enfrentar más retos en nuestras relaciones interpersonales, mismas que intentan sobrevivir a una época en la que en realidad estamos más lejos a pesar de contar con mejores recursos para acercarnos.

Hoy quise valerme del humor para hacer un recorrido por algunos de los principales problemas de  comunicación con los que me he encontrado a nivel personal y con los que muchísimos clientes y amigos luchan todos los días.  Parece broma pero nuestra ecuanimidad depende de esta aplicación mucho más de lo que pensamos.  Estoy seguro de que se identificarán con alguna de las siguientes situaciones:

  1. ¿Qué es lo que pasa cuando alguien “está en línea y dejó de contestarme”? (O, como muchos prefieren llamarle: “¿…y con quién estás hablando?”)  …Seguramente está tratando de terminar de leer los 87 mensajes que se acumularon en uno de los grupos cuando 3 o más personas que estaban en el baño al mismo tiempo decidieron conversar.   No se necesita ser muy inteligentes para comprender que mientras estemos involucrados en más grupos _y mientras más gente incluyan aquellos_ más actividad tendrá la aplicación.   Hay quienes atienden las ventanas en orden descendente, quienes lo hacen de manera ascendente, o quienes dicen: “a este al rato le contesto”.    ¿Saben sus amigos cuál es el criterio que utiliza para responder? ¿Cómo son sus hábitos de uso del celular? Tal vez necesite informarles, porque haber leído un mensaje y seguir en línea sin haberlo contestado es el equivalente en el mundo real a dejar a alguien con la palabra en la boca y retirarse a saludar a otra persona sin dar ninguna explicación.  Alguien me dijo hace poco que tenía la costumbre de abrir la aplicación y depositar el teléfono sin bloquear en su escritorio, por lo cual continuaba apareciendo conectado aunque no estuviese utilizando el celular.  Jamás lo hubiera imaginado, pero aclaró un mal entendido.   En realidad no es funcional pero parecemos haber aceptado comunitariamente la idea de que estar “en línea” o haberlo estado en minutos recientes es igual a estar disponible.  Es por ello que recientemente muchas personas decidieron:
  2. Quitar el aviso de última hora de conexión (…pero casi les piden el divorcio por haberlo hecho). Esta simple modificación parece sacar de quicio a todas las personas que nos hemos acostumbrado a saber si la persona con la que queremos hablar ya se despertó, si llegó a casa a una hora “decente” después de la fiesta de anoche, o si no ha sido abducida por aliens en las últimas horas.   Aunque para muchas personas resulte tranquilizador saber que el otro ha estado conectado recientemente y que nada malo le ha ocurrido, esta información puede resultar muy problemática cuando lo que uno desea es no ser un libro abierto para la imaginación de los demás.   ¿Cómo le hacíamos cuando no teníamos manera de saber si el otro había estado usando el aparato, es decir, cuando existía cierta privacidad en la vida? Muy sencillo: teníamos que utilizar la capacidad para ESPERAR y aprendimos a vivir con cierta tolerancia a la frustración.  O mejor aún, llamábamos por teléfono.
  3. Lo cual me recuerda preguntarle: ¿Se ha dado cuenta de que ya casi nadie le llama? Ni siquiera para su cumpleaños, llamar ya es obsoleto (aunque sea mucho más económico que antes). ¿Para qué hacerlo? Es más fácil felicitar por Whatsapp!! Y, por qué no,  vamos a decorar el mensaje con muchos íconos de confetis, globos y caritas felices para compensar el hecho de que no se me ocurren más de 3 palabras en estos momentos (porque el semáforo ya se va a poner en verde).     Cada año puedo ver cómo se simplifican las felicitaciones, de manera que veo a personas escribir simplemente: “HBD” _Happy Birthday_ Dios no permita que esos deditos llenos de ampollas sangren por terminar de escribir la oración con todas sus letras.  Creo que TODOS (me incluyo) podemos esforzarnos un poco más para hacer más personalizadas nuestras felicitaciones y nuestros saludos, y no nos haría daño volver a algunos de los medios que alguna vez conocimos, como una tarjeta escrita en puño y letra o una llamada telefónica.
  4. En realidad creo que el principal problema con el Whatsapp no es que lo utilicemos para comunicarnos, sino que ya lo utilicemos como el medio de comunicación PRINCIPAL. En otras palabras, es aterrador pero la siguiente regla parece estar siendo de lo más normal para todos nosotros: Si tengo algo que decirte, aunque sea muy importante, te lo diré por Whatsapp porque es más fácil PARA MI.  Qué importa si tú estás en medio de algo importante o rodeado de gente a la que vas a dejar de ver a los ojos; ese es TU problema, contestarás cuando puedas _ pero en realidad espero que lo hagas de inmediato.

Y es así como todos nos hemos visto atrapados en una discusión por medio de mensajes escritos y hemos deseado que nos salgan 3 dedos adicionales y un tentáculo para poder seguirle el ritmo a la conversación y no perder terreno en el pleito.   Yo creo que coincidirán conmigo, pero no hay cosa más frustrante que pelear con tu pareja por Whatsapp.   Creo que si alguien grabara en video nuestras expresiones faciales mientras lo hacemos, nos daría tanta vergüenza que comenzaríamos a gastar los 10 pesos que cuesta una llamada con la suficiente duración para atender el problema y quizás para posponerlo hasta que nos podamos ver cara a cara y hablar como personas normales.  No debemos subestimar los beneficios de la conversación directa, sobre todo en una relación: nos da la oportunidad  de conectar emocionalmente con el otro, nos permite reparar más fácilmente a través del contacto, en lugar de recurrir a una de las caritas que lloran.

  1. Hablando de eso: recientemente tuve un mal entendido con una alumna porque al responderle algo que ya me habían preguntado varias veces incluí la carita roja, que denota enojo. Lo que no especifica ese emoji es exactamente de qué tipo de enojo se trata, por lo que fui interpretado de manera literal y me hice merecedor de una contestación que fácilmente pude entender como agresiva.  Decidí dejar de contestar para no hacer más complicada la situación, pero ese silencio también fue interpretado negativamente.  Moraleja: Cuidado con los íconos, en realidad no tienen significados compartidos.
  2. Y esto me lleva al siguiente punto, creo que ninguno de nosotros está considerando lo siguiente: Cuando vamos a tener una conversación con alguien a menudo preparamos un contexto para ello, nos ponemos en disposición física y mental para hablar y escuchar. Puesto que tendremos al interlocutor enfrente, nos ocupamos de crear un tiempo y un espacio para ser receptivos, para conectar y empatizar con el otro.   Seamos honestos, esto no lo hacemos cuando vamos a hablar por medio de mensajes de texto.   Todo lo contrario, cuando abrimos la aplicación por lo general YA ESTAMOS haciendo multi-tasking o muy probablemente estemos: a) en la fila de un banco y tendremos que interrumpir a los pocos minutos, nuestra atención es parcial e inconclusa; b) Descansando o perdiendo el tiempo en estado horizontal y con el brazo medio dormido de tanto usar el celular; a menudo cuando nos encontramos así no tenemos la mejor de las actitudes para tener cierto tipo de conversaciones , lo cual de plano no es óptimo si nuestro interlocutor espera que le dediquemos verdadero interés a lo que nos dice en una conversación larga; c) en medio de otras conversaciones, por lo que tendremos que dividir la atención y cambiar de estado de ánimo entre ventana y ventana como verdaderos esquizofrénicos para pasar de la conversación del grupo de amigos “intensos” a otra conversación más seria con alguien que tiene a un pariente en el hospital.     Súmele Usted a todo esto que nuestro interlocutor verdaderamente DESCONOCE si es un buen momento para hablar; realmente se necesita preguntar acerca del contexto en el que se encuentra cada uno, porque éste muy probablemente influirá en el proceso de comunicación.  Asegúrese de preguntarse: ¿Está acompañado mi interlocutor?, ¿Está consumiendo alcohol?, ¿De qué situaciones recientes y estados de ánimo viene? ¿Se encuentra en el estado de ánimo adecuado para tener la conversación que yo quisiera tener?
  3. Finalmente, tengo que decir que una de las cosas que más resiento como usuario de Whatsapp, es que la calidad de la comunicación que tengo con mis seres queridos cada vez parece ser peor.  El otro día me puse a revisar y me di cuenta de que en mi grupo de amigos más cercanos ahora nos comunicamos a base de memes y “jajajajaja´s”.  ¿Se imaginan?  Las personas con las que alguna vez tuvimos conversaciones existenciales de lo más interesantes, ¿ahora nos mandamos fotos de comida y memes con bromas que a veces ya nos llegaron hasta 3 veces por otro lado?   No podría decir que toda la comunicación sea así, afortunadamente todavía nos vemos.  Lo que me es desafortunado es que nuestra manera de hablar se haya transformado de ese modo.   No es que no disfrute el humor del asunto, honestamente también me divierte; en realidad lo que  extraño es la profundidad del contenido.   Me doy cuenta de que todos estamos tan ocupados que tenemos que utilizar los tiempos muertos para saludarnos brevemente, y que ese tiempo a su vez se divide entre varias personas y entre varios grupos de Whatsapp, acepto eso.  Incluso he aprendido a apreciar la manera en la que nos mantenemos presentes por  medio de la broma ocasional y de la plática trivial,  sin embargo, a veces no puedo evitar reflexionar acerca de lo que falta…

Para aquellos que conocimos el verdadero significado de “ir a tomarse un café”, ¿Cómo no extrañarlo? …

¿Se acuerdan cómo era?

Cómo lidiar con un fracaso personal (y no deprimirse en el intento).

octubre 15, 2014 2 Comentarios

La agricultura y la vida parecen tener algo en común, a veces siembras pensando que vas a obtener una excelente cosecha, y al final la obtienes… Y a veces, a pesar de la esperanza y el esfuerzo invertido, el producto resulta ser escaso o de muy mala calidad.

En realidad no sé nada de agricultura, pero gracias a Google he aprendido que hay muchos factores que pueden tener que ver con una mala cosecha: una plaga, una enfermedad, una bomba de riego dañada, una mala labor o un error humano, por nombrar solo algunos.   ¿Cómo será para el agricultor el verse enfrentado con una cosecha inservible después de haber trabajado tanto?  Hice una pequeña encuesta y la mayoría de las personas respondió con la palabra “derrota”.

¿Cómo enfrenta uno la experiencia de ser derrotado por diferentes circunstancias de la vida? ¿Cómo podemos lidiar emocionalmente con una mala cosecha después de haber cultivado algo en lo que pusimos esfuerzo e ilusiones? ¿En qué materia de la escuela se nos enseña a perder y a aceptar con dignidad los fracasos personales?

En semanas recientes me vi en la necesidad de reflexionar mucho acerca de todo ello, precisamente porque atravesé por una experiencia de derrota personal, y no fue nada fácil. Para no entrar en detalles, diré que invertí tiempo, dinero y mucho esfuerzo en algo que terminó verdaderamente mal. Las causas fueron, principalmente: a) dos personas con la intención de obstaculizar y el poder suficiente para hacerlo; y b) errores de juicio de mi parte.

Al igual que la mayoría de las personas, suelo contemplar orgullosamente los logros que voy obteniendo a lo largo del camino y he depositado buena parte de mi autoestima en ello. El problema con hacer eso _confirmé recientemente_ es que la contemplación del resultado opuesto, estar parado frente al no-logro, resulta muy abrumador, difícil de aceptar y por lo general, amenazante para el valor propio.

La experiencia del fracaso es compleja, la estuve observando momento a momento, y definitivamente lo primero que sientes es mucho coraje. Si prestas atención puedes presenciar cómo tu mente se obsesiona con el tema y te enfureces todavía más. Quieres justicia, no quieres enfrentar lo que está ahí, pero poco a poco te vas dando cuenta de que no puedes hacer nada. Es en ese punto en el que recibes una buena bofetada y eres confrontado con el hecho de que no tienes el control que tanto deseas; tienes que aceptar la realidad tal cual es, no como quieres que sea.

Afortunadamente la ira me duró muy poco pero creo que pudo haber sido mucho peor si me hubiera rehusado a aceptar la realidad, si me hubiera aferrado a mi exigencia del control de circunstancias que no son controlables.

Lo que sentí después fue una profunda tristeza y entré en un proceso más interior, más reflexivo. Como si estuviera en cámara lenta comencé a reconocer que tengo una parte autocrítica que estaba determinada a encontrar el mejor modo de destruirme. Comenzaron a surgir recuerdos de fallos pasados, cuestionamientos personales y defectos que se llamaban a si mismos inaceptables.   Y es ahí donde la palabra mágica apareció: Fracaso.

No creo que sea fácil para nadie, pero posiblemente a los hombres nos resulta particularmente difícil lidiar con la experiencia de un fracaso personal. Quizás en gran parte porque hemos condicionado equivocadamente nuestro valor como personas al éxito y a menudo tomamos las expectativas que otros tienen de nosotros como requisitos que tenemos que cubrir si es que aspiramos a ser lo suficientemente buenos. Y quizás también porque hemos aceptado sin cuestionar que aparentemente siempre tenemos que salir bien librados, exitosos; que a nosotros “nadie nos ve la cara” y que si a alguien en efecto le “ven la cara” entonces eso prueba que es un “pendejo” (palabra despreciativa que nos persigue y amenaza silenciosamente desde la infancia o adolescencia) y que precisamente por ser eso merece lo que le pasa.   Creo que así pensamos. Colectivamente creemos que nuestro valor está completamente ligado al logro. ¿Cerraste el negocio que querías? “Eres un chingón”; (promesa de valor personal masculino) ¿Te divorciaste? Fracasaste. Por pendejo. No hay nadie acusando con el dedo, pero, como terapeuta y como persona puedo asegurar que al menos así hablan muchas conciencias masculinas.

Reconocí en mi interior todas esas voces y también el impulso de huida, esa otra voz que te dice que hagas lo que sea para no sentir lo que está ocurriendo, para evadirlo precisamente porque es doloroso. . De modo que quería esconderme, perderme por horas en las aplicaciones del celular, dormir o refugiarme detrás de una actitud cínica y negativa. Eso último se veía muy atractivo, de hecho.

Se necesitó mucha determinación para permanecer ahí, para no evadir y permanecer con la experiencia y sencillamente contemplarla tal cual es, intentar aprender algo de ella. Descubrí nuevamente que cuando haces eso, cuando voluntariamente dejas de forcejear con la vida, comienzas a darte cuenta de muchas cosas.

En mi experiencia muy particular lo que encontré fue:

  1. Sí. Es un fracaso. Pero es un fracaso específico, parcial. Sus efectos son contenidos y no abarcan otras áreas de mi vida. Nunca nada es un fracaso total.   Incluso si toda una cosecha es mala en un momento dado en el tiempo, eso no desaparece las ganancias de cosechas previas ni elimina la posibilidad de que la siguiente cosecha sea mejor. No existe tal cosa como un fracasado sino únicamente personas que atraviesan fracasos; de hecho es mejor referirse a estos eventos como experiencias de fracaso, porque de ese modo aceptamos implícitamente que son únicamente un tipo de experiencia de entre varias que son parte de la vida.
  2. Lo que haces es simplemente eso: lo que haces. Nunca lo que haces define lo que eres ni te suma valor.   Recuerdo a mi madre decir: “una persona vale por lo que sabe y el uso que le da en la vida”. Por mucho que la considero una persona sabia, hoy día estoy en total desacuerdo con esa idea; creo que valemos por el simple hecho de existir como seres humanos y no existe un tabulador que diga quien vale más, lo que sí existe es evidencia de quien hace más, al igual que existirán opiniones y evaluaciones acerca de eso que hacemos.   Cada vez más frecuentemente me encuentro teniendo conversaciones con clientes en las que cuestionamos y debatimos esa creencia de que el valor personal puede aumentar con los méritos o las circunstancias. Como si existiera la bolsa de valores humanos, nos hemos tragado el anzuelo y nos hemos estado comportando en la vida como si realmente necesitáramos acumular logros y evitar las derrotas para no devaluarnos.   Recientemente durante una consulta llegué a la conclusión de que los logros son solo medallas decorativas sobre un elemento que en sí mismo es valioso; incluso si no tiene una sola medalla encima, el valor permanece. Las derrotas personales podrán no sumarnos medallas, pero definitivamente no nos restan valor; ninguna cantidad de fracasos puede definir quien soy ni cuanto valgo.
  3. Mi conclusión final tuvo que ver con el dolor emocional asociado al fracaso. Es real, pero también lo es que no podemos atravesar por la vida sin rasguños; y tampoco sería útil. Si siempre huimos de una experiencia porque duele y hacemos de todo por no sentir ese dolor, nunca llegamos al punto en el que podemos obtener información que es importante para mejorar las cosechas futuras. Es decir, por creer que no puedes tolerar la experiencia, ves hacia el otro lado y no obtienes retroalimentación que probablemente necesitas.   Muy a menudo hay algo que se necesitaba cambiar desde hace mucho pero que no habíamos querido identificar porque tenemos esa costumbre de vernos siempre al espejo desde el mismo ángulo, el que nos favorece. No siempre estamos en disposición de crecer, somos tercos. Verme confrontado con experiencias de fracaso en el pasado no me ha gustado en lo más mínimo ( y ésta ciertamente no fue la excepción ), pero, siempre que veo en retrospectiva, encuentro que aprendí algo gracias a esa experiencia.   Con el tiempo lo he estado entendiendo como series de recordatorios de la vida, que parecieran decirme: “Mira, ésta es la dimensión real de tu existencia en el mundo. Es un universo muy grande, puede ser y _suele ser_ caótico, injusto y desorganizado. Acéptalo como tal. Acepta la vida tal cual es”.    Pasar por experiencias de derrota o de fracaso me duele y me desagrada… pero me aterriza; me mantiene en una posición humilde frente a la vida. Es desde esa humildad que me hace más sentido que nunca tomar el dolor emocional como parte normal de la vida y ponerse a trabajar para sembrar otra vez…

Abogado del Bully

mayo 30, 2014

En semanas recientes el tema del Bullying ha tenido particular relevancia. Hemos leído con tristeza la historia de un niño que falleció y de otros que han terminado en el hospital. Al leer los comentarios que aparecen debajo de las notas que salen publicadas (tengo esa mala costumbre) pude notar que habían opiniones muy similares y reacciones completamente comprensibles de personas que probablemente experimentan temor por la seguridad de sus hijos. En realidad todos estamos muy preocupados, pero ¿qué tanto podemos decir que estamos siendo exitosos en la prevención? ¿Cómo planear intervenciones eficaces?
Tenemos acceso a muchas de las historias del lado de los afectados. Pero ¿Conocemos la voz de aquellos niños que victimizan y oprimen a sus pares?¿ Los hemos arrojado a todos a la misma categoría? De acuerdo a las opiniones que leí, probablemente sí. La población en general parece pensar en los bullys como: niños “malos”, enfermos, perturbados, con tendencias antisociales, pequeños criminales que merecen ser juzgados legalmente como adultos, niños que no merecen estar en las escuelas, etc. Incluso hay gente adulta que quisiera pegarles.
Así es como surgió mi interés en escribir el día de hoy acerca del tema. En este escrito pretendo hablar en defensa de estos niños tan detestados. Y creo que es importante mencionar que yo nunca fui un bully, más bien fue al revés; por varios años me tocó ser uno de los muchos que eran “bulleados“. Sin embargo, mucho tiempo después y por medio del ejercicio de esta profesión he tenido el privilegio de tener frente a mí a los Bullys, de conversar a profundidad con ellos, escucharlos empáticamente, conocer sus historias, sus luchas. A grandes rasgos les puedo decir que la historia suele ser siempre más compleja de lo que se ve a simple vista. Hoy por hoy estoy convencido de que el niño o adolescente que presenta estos comportamientos necesita ser entendido como el intermediario de una violencia que no comenzó con él. Es decir, la historia muchas veces comienza en su familia con sus padres, y a veces con sus abuelos siendo violentos con sus padres.
“¡Seríamos incapaces! Nosotros nunca le hemos pegado a nuestro hijo”, ha de estar pensando con la mano en el pecho alguna señora indignada mientras lee estas líneas. Quisiera ser claro con esto: La violencia física sí es un problema , pero no es el objeto de este artículo. Yo me refiero a maneras mucho más sutiles de crueldad. Rara vez se habla de ellos y por lo general se reconocen como comportamientos negativos pero comunes.  Estos son algunos ejemplos concretos:
a) Tener expectativas irreales ( o “Tu tienes que ser futbolista” ) La verdad es que los niños no se configuran por computadora para que venga al mundo con las fortalezas y capacidades que los padres desarían, la genética hace lo que le da la gana. En otras palabras: Lo siento mucho pero su hijo no tenía por qué haber venido con el gen deportista. Señora, la complexión de su hija no es como la que a Ud. le hubiera gustado. Entiendo que la quiera vestir de muñeca y presumirla en sociedad, pero ¿Ha considerado la posibilidad de que le esté exigiendo algo que va más allá de sus capacidades? ¿El dolor que le genera vivir recibiendo el mensaje “tienes que ser esto que no puedes para que yo esté contento(a)?”
b) Tener expectativas rígidas e inflexibles ( o “Yo no tengo hijos de seis” ). Y yo pienso: “¿por qué no? ¿Exactamente por qué tendría que ser intachable, inmaculado el récord? Por supuesto que todos queremos hijos en cuadro de honor, pero ¿podemos exigir que el desempeño sea consistentemente elevado TODO el tiempo? ¿Que nunca se porten mal?. La mayoría de los niños/adolescentes enfrentan todo tipo de retos durante el desarrollo, y algunas veces éstos les roban energía. En otras palabras, sus problemas se convierten en prioritarios y lo demás pasa a segundo plano. La inflexibilidad y falta de disposición para ver más allá pueden enviar un mensaje negativo a los hijos y los puede sumergir en un miedo crónico.
El mismo efecto negativo suele tener usar etiquetas como “mediocre”. Puesto que no hay un tabulador para saber a las cuántas conductas negativas podemos llamar mediocre a alguien, podemos concluir que la terminología es arbitraria y subjetiva. Muchas personas exitosas, incluso genios, fueron niños “difíciles” y seguramente en su momento pensaron que eran “mediocres”. Poner una etiqueta y amenazar con ella es el equivalente a tatuar a un animal para darle un valor en el mercado. Esos nombres persiguen toda la vida y los niños lloran secretamente el repudio con el que sus padres parecen decírselos. He visto a varios adolescentes quebrarse en mi oficina cuando hablan de la desesperanza que sienten por no poder quitarse esa mala fama frente a sus padres.
c) Amenazar ( o “Te me largas y a ver cómo le haces” ) – El desamparo que generan estos “ultimatums” va completamente en contra de lo que quisieran lograr los padres al utilizarlos. Es un tipo de sometimiento en base al miedo. ¿Le parecen familiares estas palabras: ¿Someter e intimidar?
d) Atormentar ( o “No haces nada bien” ) – Incluso si no se usan etiquetas, si 10 de cada 10 cosas que le dice a su hijo son negativas ¿no cree que el problema también está en su percepción? Existe acaso una ausencia total de comportamientos neutrales o positivos? ¿será que su atención está siendo selectiva hacia aquellas conductas que no le gustan? Imagine estar en un empleo donde no se puede quitar de encima a un jefe que está esperando que se equivoque para regañarle. ¿Estaría motivado a mejorar? ¿Al cuánto tiempo renunciaría? ¿Puede su hijo renunciar a un padre o una madre que lo “tiene fichado”? No puede, pero si puede atormentar a otros para manejar el estrés.
e) Usar al hijo para agredir al cónyuge ( o “Tu mamá es una loca” ). Es muy común, pero resulta tan útil que la mayoría de las personas eligen omitir pensar en las consecuencias. Suele ser muy sutil: Desahogarse preferentemente con uno de los hijos, hacerlo partícipe de una problemática conyugal, crear “camaradería” y complicidad por medio de la crítica. Analice lo siguiente: Decirle a su hijo que su padre es un “pinche” desconsiderado parece inofensivo, pero ¿exactamente qué espera que su hijo haga con esa información? ¿Cómo debería manejar sus emociones si resultara que su padre le cae bien y no quiere pleito con él? Peor aun resultaría decirle “¿Ya ves? Ese disgusto que tuve con tu papá fue por tu culpa”
f) Mal manejo de la frustración ( o “¿cuándo termina tu menopausia?“). Si tuvo problemas en el trabajo, se peleó con su cónyuge o sencillamente las hormonas le están “matando”, encuentre un modo sano de manejarlo para no descargarlo en sus hijos. Toda expresión agresiva o pasivo-agresiva que ocurra en casa le modela a su hijo que es válido desquitarse con alguien más si se tiene un mal día.
g) Dificultades para aceptar ciertos rasgos ( o “el prieto no sale en la foto” ) – Me ha tocado escuchar en el consultorio historias en las que la familia del lado de uno de los padres rechaza abiertamente o de manera encubierta a uno de los hijos por tener rasgos que consideran “inaceptables”, como por ejemplo, características étnicas, peso, color de piel, parecido (o falta del mismo) con alguien, etc. Mencionaba al principio del escrito a los abuelos y tíos puesto que a veces, el rechazo/maltrato puede venir de la familia extensa. ¿Y el niño qué culpa se tiene de que el abuelo sea racista?
h) Comparaciones ( o “fulanito sí es un orgullo para sus padres” ) – Pocas cosas duelen como la comparación. Ser comparado con alguien y salir mal librado deriva en un dolor tan profundo que posteriormente se transforma en odio que se descarga en alguien más. Los niños del colegio que sí representan aquello que los padres usan para comparar son los que pueden llegar a ser el blanco de ese enojo.

En conclusión, en la actualidad se están desarrollando diversas intervenciones contra el Bullying por medio del desarrollo de la capacidad para la empatía y la compasión. Creo que si comenzamos a ser más empáticos y compasivos desde la casa y ponemos cuidado en evitar estos comportamientos, nos será más fácil cultivar estas capacidades en aquellos niños y adolescentes que con tanta facilidad llevan atención negativa hacia sus personas. Puesto que he visto a varios de ellos convertirse en adultos y padres extraordinarios, estoy convencido de que un bully puede cambiar con la atención adecuada, si le llegamos.  Sería fascinante si pudieramos dar a conocer las historias de aquellos “ex-bullys”. ¿Alguien quiere compartir su experiencia?

Alí Barbosa
Terapeuta Familiar

¿El secreto de la felicidad? Lo tiene el cajero del Oxxo

abril 28, 2014

En días pasados me encontré en una conversación con una cliente que estaba pasando un mal rato adaptándose a la ciudad y experimentaba soledad por percibirse rodeada de extraños.   Y es que esa conversación ya la he tenido en el pasado con otras personas dentro y fuera del consultorio; a menudo surgen durante el duelo una pérdida amorosa o en algunas de esas crisis de la edad adulta que a todos nos dan. Me recuerdo explicándoles (y a veces también a mi mismo) que en realidad la vida como la conocemos no está organizada para hacernos viable la interacción, conocernos bien , hacer nuevos amigos o simple y sencillamente para “conectar” con otro ser humano.   De hecho esta dificultad puede ser tan intimidante que es por ello que los sitios para conocer personas en la web son tan populares.

Es un mundo difícil, vivimos en un mundo solitario. Tenemos estas reglas muy tontas de interacción en relación a los extraños que dictan que no debemos incomodarles con el contacto visual, que sería rarísimo hablarles a menos de que sea para solicitar algo (¿qué hora es? ) y que está prohibidísimo promover cualquier tipo de contacto físico con ellos. “Solo los loquitos o la gente con malas intenciones hacen esas cosas”, escuché a una persona decir recientemente.   Si a eso le sumamos la aportación tan importante que ha hecho la tecnología, nos encontraremos con que traer los audífonos puestos o estar sumergido en el Candy Crush envía un mensaje muy claro: “Estoy bien en lo mío, no molestar”.   Por supuesto, esto termina por reforzar nuestra devoción a estas reglas y nos encontraremos aceptando colectivamente una creencia completamente falsa.

Imaginemos a dos personas sentadas comiendo a solas en mesas separadas, absortos cada uno en el teléfono y quizás deseando secretamente comer en compañía.  Lamentablemente estas personas tenderían más a asumir que eso no es una opción y que los resultados de intentar algo así serían catastróficos.    Una oportunidad de conexión completamente perdida. Dos personas que se perdieron la ocasión de experimentar lo positivo y gratificante de ser reconocido por el otro. Dos personas más en el mundo que creen que el mundo es así.

¿Y qué si lo tuviéramos completamente mal?

Se han hecho estudios en los que se le pidió a personas que viajan en metro que promovieran una interacción con un extraño durante el viaje. La mayoría de las personas predijo que hacerlo sería extremadamente difícil y que muy pocas personas les corresponderían la iniciativa. Se les pidió que lo hicieran de todos modos. ¿La recompensa? una tarjeta de $5 dólares de Starbucks. Los resultados mostraron que esa anticipación fue equivocada. Nadie fue rechazado y las conversaciones fueron consistentemente placenteras.  Moraleja: Nos hemos creído una mentira; ser “rechazado” es poco probable. La mayoría de las personas estaría en disposición de devolver una sonrisa, un saludo e incluso conversar.

Pero ¿Por qué arriesgarse? Por muchas razones. Quizás le hemos restado importancia a este tema porque la mayoría de nosotros nos tragamos la idea de que nuestro bienestar depende únicamente de nuestras relaciones cercanas y no de los personajes menores o “insignificantes” en nuestras vidas. Error.   Imagina esta situación acerca de una pareja: Pueden estar molestos el uno con el otro porque discutieron pero tienen que llegar a una cena; al interactuar o conocer a otras personas se ven forzados a poner una “mejor cara” o a ser amables y esto termina por aliviar el mal humor inicial. ¿Qué pasó ahí? : Pasa que a menudo tendemos a poner nuestra mejor cara frente a personas que acabamos de conocer y dejamos nuestro lado más “feo” para las personas que conocemos y amamos. Pero lo realmente interesante de todo esto es el efecto que tiene: al comportarnos con amabilidad con otras personas ( aunque sea para no quedar mal ) nos involucramos en una experiencia positiva que tiende a influir de manera significativa en nuestro bienestar o incluso a contrarrestar nuestras emociones negativas. También existe ciencia que lo demuestra, no lo inventé yo.

En realidad no es ningún secreto que la interacción social contribuye al bienestar. Comparemos a estas dos personas: Una salió a trabajar y no interactuó con nadie desde su casa hasta su destino y la otra le dijo adiós con la mano al vecino, le sonrió a las personas que se encontró a su paso y le abrió la puerta e hizo conversación breve a alguien que trabaja en el mismo lugar pero que no conoce; en términos de felicidad ¿A cuál creen que le fue mejor?

Lo creas o no, las interacciones con personas con quienes tenemos lazos “débiles” generarán la misma cantidad de bienestar que aquellas que tengamos con personas con las que tenemos lazos “fuertes”.   Es entonces que personajes con un rol “menor” en nuestras vidas tales como el guardia de seguridad o la persona que limpia, son relevantes en relación a nuestra felicidad cotidiana.

Los efectos de ser amable y tener interacciones genuinas con estas personas tienen un impacto positivo real.   La manera más rápida de sentir una descarga de felicidad ¿saben cual es? Tener un acto espontáneo de generosidad o amabilidad hacia un extraño. Desviarte temporalmente de tu camino para ayudar a empujar el auto de alguien que se quedó sin gasolina o desprenderte de algo y dárselo a alguien en necesidad tendrá el mismo efecto que tomar una droga euforizante.  Mientras más generoso y espontáneo el acto, más feliz te sientes.

De la misma manera, he descubierto por experiencia personal que la amabilidad de los extraños hacia mi persona ha sido de gran importancia, sobre todo en días difíciles. Hace un tiempo me encontraba con el ánimo muy bajo y comprando en el supermercado; les aseguro que si alguien hubieran hecho una caricatura de mí en ese momento seguramente me dibujaba con una nube obscura encima de la cabeza. Recuerdo que llegué a la sección de frutas y no tenía ni idea de cómo elegir un aguacate que estuviera lo suficientemente maduro así que le pregunté a una señora que estaba eligiendo fruta junto a mí.   Ella dedicó casi dos minutos para hablar acerca del aguacate perfecto y sonreírme durante todo el proceso.   Sentí tanto agradecimiento por el breve encuentro que hasta ganas de darle un abrazo me dieron.   No lo hice, pero mientras me alejaba del departamento de frutas y verduras sonreí y sentí algo cálido en el pecho. No les voy a decir que el encuentro cambió mi vida, pero ciertamente tuvo un gran impacto en mi día. ¿Y saben que? Probablemente también impactó en ella.   Existe ciencia que apoya esta conclusión: ambas personas experimentan bienestar y una buena descarga de oxitocina en el cuerpo después de una interacción como esa. Ambos salimos ganando. Los beneficios de conectar son contagiosos y, contrario a lo que creemos, propiciar una interacción no necesariamente “espanta” o invade el espacio del otro, sino que mejora tu día…y el suyo. Nos motiva a participar en la creación de una mejor convivencia entre seres humanos.  Lo necesitamos.

 

Me interesa escuchar su opinión. ¿Han experimentado en sus vidas los beneficios de la amabilidad?

 

Ali Barbosa

A %d blogueros les gusta esto: