Reflexiones de un terapeuta

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Instrucciones profesionales para ser un/a Sin-Vergüenza

agosto 24, 2015 , , , , , , , , ,


“No encontraba cómo decirles que no quería que dividieran la cuenta en partes iguales. No nos está yendo muy bien ahorita y tuve especial cuidado en pedir algo barato. Ellas pidieron muchas más cosas y algunas hasta pidieron alcohol. Cuando llegó el momento de pagar comencé a sumar lo que había sido mi parte y fue ahí cuando alguien me vio e hizo el comentario en voz alta. Dijo que no exagerara, que así no se hacen las cosas, y me cuestionó… me preguntó delante de todos si realmente no tenía trescientos pesos para pagar por una comida. Me sentí tan humillada. Todo fue muy rápido… Saqué dos billetes más a pesar de que no quería hacerlo, creo que hasta me disculpé y me odié a mi misma por hacerlo. Lo único que quería era esconderme, salir de ahí… Recuerdo que no quería que nadie me viera. Fingí que alguien me llamaba al celular para poder levantarme y salir de ahí sin despedirme. Me alejé con la mirada baja para que no vieran las lágrimas que estaban a punto de caer de mis ojos.   Me encerré en el auto y lloré como por quince minutos. Aún no lo entiendo pero incluso ahora al hablarte de ello me duele el pecho horrible y siento deseos de volver a llorar.”

Lo anterior no fue dicho por un cliente en particular, pero muchas personas me han contado historias similares.  No todos hemos estado en la situación del restaurante y sin embargo todos hemos estado ahí, en ese lugar oscuro en nuestro interior en el que sentimos el dolor del rechazo.

Todos, absolutamente todos hemos sentido vergüenza en nuestras vidas. Ya sea por no tener suficiente dinero o por no ser lo suficientemente atractivos, o lo suficientemente cultos, sofisticados, capaces, hábiles para los deportes… la lista podría extenderse. Todos nos hemos sentido “insuficientemente buenos” a lo largo de nuestras vidas y nunca hemos dejado de estar expuestos a sentirnos así una y otra vez.

Y es porque somos humanos que nadie se salva. Todos tenemos nuestro talón de Aquiles y conforme crecemos vamos encontrando cómo protegerlo con cierta cantidad de logros, con éxito profesional, un cuerpo estético, buen gusto al vestir, vocabulario sofisticado al hablar, etc.   Cada quien desarrolla su propio sistema de seguridad y aún así, pareciera que siempre estamos en déficit porque cuando sentimos vergüenza nos hacemos creer que si fuésemos o tuviésemos esto o aquello, entonces YA seríamos suficientemente buenos.   Y el paraíso prometido nunca llega.

La historia de la vergüenza a menudo comenzó en nuestra infancia cuando, por no disponer de mejores recursos mentales, nos explicamos tanto el rechazo recibido como las circunstancias negativas de nuestro entorno por medio de cuatro palabras: tal vez soy yo.   Esas palabras aún duermen en la parte de atrás de nuestra mente, como un dragón en espera de ser despertado; y una vez que despierta nos aplasta con un fulminante: Si, eres tu quien está mal.

Probablemente la expresión “me quise morir de la vergüenza” no sea simplemente una manera divertida de hablar de una situación embarazosa; cuando se siente vergüenza es, al menos en esos momentos, una experiencia extrema; una devaluación total de nuestra persona. Lo que hace a la vergüenza algo tan tóxico es que cuando aparece nos deja aislados en una soledad insoportable en la que sentimos que somos malos, que estamos fallados, que somos indignos y que nadie podrá querernos. Ese es el poder letal de la vergüenza, nos deja completamente vulnerables, nos pone en contacto con nuestros miedos más profundos al rechazo y nos expone completamente desprotegidos frente a nuestros propios juicios y los de los demás.

Lo más interesante de todo esto es que, a pesar de que sufrimos muchísimo a causa de la vergüenza rara vez estamos dispuestos a ocuparnos activamente de ella. Por supuesto, tenemos otras emociones que necesitan nuestra atención como la ansiedad o la tristeza, pero hay que considerar que una persona que está en un constante enjuiciamiento y siendo condenada a perder su valor ( por idiota, por gorda, por descuidada, etc. ) estará expuesta a complicaciones importantes, como por ejemplo una depresión.

Tiene tan mal aspecto la vergüenza que, incluso cuando se le trae a la conversación, nos ponemos incómodos. Ese es el efecto normal. Nos da vergüenza reconocer que sentimos vergüenza. En el consultorio hay ocasiones en las que, basándome en la información y en el lenguaje no verbal, puedo inferir que una persona está siendo consumida por la vergüenza; sin embargo, cuando hago una invitación a explorar lo que está sintiendo, rara vez es reconocida. Y si soy yo quien la menciona por lo general me miran como si repentinamente hubiera comenzado a hablar en un dialecto alienígena.

No, a nadie le gusta hablar de la vergüenza, mucho menos de la propia.   He concluido que si deseo invitar a la exploración de esa emoción debo referirme a ella como “enojo con uno mismo”, al menos en un inicio.   Después, muy poco a poco, vamos reconociendo su apariencia, y sobre todo sus efectos y es ahí donde por lo general me dicen: “no tenía idea, pero eso es exactamente lo que siento. Y me está dando en toda la madre”.

Todos los seres humanos experimentaremos alivio conforme comencemos traer a la vergüenza a la conversación.   Sin embargo, me atrevería a decir que muy en especial los hombres nos beneficiamos de comenzar a enfrentar al monstruo. La vergüenza masculina es fascinante; está todavía más castigada, posee características muy particulares y tiene un rol importantísimo en las decisiones que un hombre toma y en la manera en la que enfrenta los problemas con su pareja.   Es por lo anterior que quisiera desarrollar ese tema en una segunda parte de este artículo.

Así que para poder escribir acerca de la vergüenza, no solo he estudiado acerca de ella sino que también he tenido que ponerme en contacto con mi propia vergüenza. Tengo al dragón enfurecido aquí a un lado en estos momentos, acompañándome, viéndome teclear, juzgándome silenciosamente; es más, le he pedido que me recuerde algunas de las veces en las que supuestamente he sido inaceptable, ridículo, rechazabe e inquerible. Vaya si he sentido vergüenza. Pocas veces lo manifesté, muchas veces ni siquiera sabía qué era lo que estaba sintiendo, pero cuando miro en retrospectiva o conecto con la experiencia puedo sentir lo doloroso que fue y sigue siendo. Cómo me hubiera gustado que me enseñaran acerca de todo esto en la escuela primaria, estoy seguro que hubiera hecho una diferencia importantísima en mi vida y la de los otros niños.

Francamente me hubiera encantado saber que la versión sana de la vergüenza se llama pena y que con la ayuda adecuada podemos elegirla y salir bien librados. ¿Cuál es la diferencia entre una y otra? Cuando sentimos pena, nos ruborizamos y sentimos una incomodidad física y emocional que desaparece rápidamente; en breve podemos olvidar lo ocurrido o recordarlo con sentido del humor y sobretodo con la autoestima intacta.   La pena puede incluso tener utilidad como regulador de nuestro comportamiento.  Pero con la vergüenza nuestra conducta tiende a ser destructiva en lugar de adaptativa; no nos sirve y por si eso fuera poco, su efecto en el cuerpo es más intenso y más largo. Cuando sentimos vergüenza la presión arterial sigue elevándose gradualmente incluso horas después del incidente.   Tiene todo el sentido del mundo, el suceso se termina, pero queda el auto-ataque: “¿Qué clase de estupidez fue esa? Todo está mal conmigo… no soy como los demás… por eso nadie me toma en serio”.

Por lo general hay áreas de nuestra vida en las que estamos más expuestos a la vergüenza, algunas de las más comunes: la apariencia física y sobre todo el peso; el éxito y la capacidad adquisitiva; qué tan agradables/aceptables somos, nuestro nivel de cultura e inteligencia, etc.   En términos generales, situaciones en las que nos comparamos/medimos y en las que se determina si somos buenos o malos en función de nuestro desempeño como padre/madre, pareja, hombre/mujer, etc.

Los detonadores específicos de la vergüenza suelen ser muchos y por lo general no los conocemos.   A veces se encuentran bien acomodados en nuestros hábitos cotidianos o en algunos comportamientos de nuestra pareja o amistades cercanas.   Hace poco una persona me contaba que había notado que mientras se distraía en Instagram se comenzaba a sentir mal al ver fotos de los cuerpos perfectos que pretenden inspirar a las personas a seguir el estilo de vida sano. Me decía: “me sentía horrible, como una amargada mientras veía esas fotos, pero seguía viéndolas compulsivamente. Cuando me di cuenta ya estaba comiendo parada junto al refrigerador”.   Resulta era vergüenza lo que sentía; esa punzada emocional en el pecho que deriva de sentirse defectuosa por no tener ese cuerpo y, como consecuencia aparente, ser inaceptable como mujer.   Algo que también es característico de esos momentos vergonzosos es que por lo general terminamos siendo dirigidos sigilosamente hacia comportamientos que nos hacen sentir todavía más vergüenza, como fue el caso de comer junto al refrigerador. Nuestras reacciones automáticas hacia la vergüenza por lo general nos hacen sentir peor.

Esas cosas que a lo largo de la vida hemos aprendido a hacer y que nos ayudan a mitigar los efectos de la vergüenza rara vez funcionan.   Al ser activados, digamos con una primera cita fallida, si desconocemos el origen de ese malestar emocional volveremos a esa vieja explicación que alguna vez nos dimos: “ soy yo quien tiene algo malo” y puesto que pensar eso es extremadamente doloroso, tendremos que hacer prácticamente cualquier cosa para obtener algún tipo de validación de emergencia (coquetearle a un extraño) o bien para entumir el malestar emocional (emborracharse). Y así es como nos metemos el pie, es decir, actuamos de manera impulsiva y por lo general con consecuencias negativas.   Si esta reacción a la vergüenza tuviera una lógica en esos momentos sería algo así como “Pues ya que soy una porquería, al carajo todo”.

¿Qué se recomienda hacer cuando ya despertó el dragón y se está sometido por la vergüenza?  Primero que nada, reconocerla; nuestras sensaciones físicas nos darán aviso y para ello necesitamos observarlas, son diferentes en cada persona. Reconocer esa sensación de vacío en el pecho o el sudor de las manos nos permitirá saber en qué clase de territorio estamos parados.   Una vez ahí tenemos que saber que una parte nuestra nos dirá que hagamos algo desesperado (emprender venganza, tomar más pastillas para adelgazar, ir al centro comercial y dar un “tarjetazo” o pedir un shot de tequila) y que es importante reconocer que eso es una trampa. Ningún comportamiento destinado a compensar la vergüenza tendrá el poder de darnos el valor propio que sentimos haber perdido. Es como un pozo sin fondo, nos seguiremos diciendo cosas como “valdré la pena cuando yo tenga/sea….”.   Nunca será suficiente.   Otro comportamiento a evitar sería el aislamiento físico o emocional; a la vergüenza le encanta el secretismo, es ahí en donde se prolifera. Cuando estamos avergonzados no podemos pensar claramente ni recordar que nuestras acciones y deficiencias no definen quienes somos.

Lo único que realmente nos puede rescatar de la vergüenza es ir en la dirección opuesta: buscar conexión. Acudir a una persona con la que tengamos un vínculo sólido y genuino, alguien que pueda escuchar lo que nos ocurrió con compasión y sin juzgarnos.   Podemos incluso darle instrucciones, porque en esos momentos no necesitamos que nos resuelvan el problema o que nos animen señalando nuestras cualidades; simplemente necesitamos aceptación y empatía. Necesitamos poder presentarnos en carne viva frente al otro y ser reconfortados. Contar con un lugar seguro al cual acudir y en el que podamos apropiarnos de la nuestra vulnerabilidad y compartir nuestra historia con alguien que se haya ganado el derecho a escucharla.   La vergüenza odia que hagamos eso, no soporta que le pongamos palabras y las compartamos.   Es ahí donde comienza a perecer.

Se requiere de mucho valor para ir hacia el otro ( pareja/familiar/amigo ) y decirle: “Me regañaron en el trabajo y me siento la persona más incompetente del mundo. Creo que ni yo mismo me contrataría”.   Es realmente heroico atreverse a dar ese paso y vulnerarse todavía más al mostrarse así para rescatarse de la vergüenza. Después de todo, son precisamente esos aspectos de nosotros mismos los que habitualmente tratamos de esconder del mundo y que detestamos en silencio.

Imagínate corriendo ese riesgo con la persona adecuada en el momento adecuado. Imagina cómo sería sentir la calidez en la compañía del otro y escucharle decir: “Sé cómo te sientes, yo también he estado en ese lugar. Aquí estoy para ti mientras esto pasa.”    ¿Cómo se sentiría eso?

(…Continuará en una segunda parte. )

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Me considero una persona contra-vergüenza pues desde pequeña considero que he aumentado mi resiliencia ante distintos eventos de mi vida tan así que he podido reírme a carcajadas de mi misma, ademas de tener la facilidad de no callarme la boca, suelo ser muy abierta especialmente con mi pareja aunque la manera en la que el reacciona puede descontrolar mi ánimo en algunas ocasiones.

alitalpz

agosto 27, 2015

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