Reflexiones de un terapeuta

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Old soul is better: Lo que aprendí de la película “The Intern” (Pasante de Moda)

octubre 9, 2015


Quizás lo más notorio de la película “Pasante de moda” es el carisma del personaje de Ben Whittaker (Robert De Niro) que nos deja con una emoción muy grata al salir del cine.   Que Ben le terminaría cayendo bien a todo el mundo no era ninguna sorpresa, pero este personaje resulta ser mucho más que un “viejito buena onda”. Conforme vamos conociendo más de él y de cómo se relaciona con la protagonista y con los demás personajes de la historia nos comenzamos a sentir emocionalmente involucrados.  Eso no habla solamente del maravilloso trabajo histriónico de De Niro sino también de las peculiares características del individuo que personifica.

No es mi intención hacer una crítica de la película; como tal no creo que sea algo extraordinario, sin embargo el personaje principal sí lo es; yo lo observaba con fascinación y mientras veía la película no podía evitar pensar lo siguiente: Partiendo de cómo son nuestras relaciones con los demás hoy día, a muchos de nosotros nos vendría muy bien tener a alguien como Ben Whittaker en nuestras vidas.

Ben me parece particularmente fascinante porque representa mucho de lo que hemos perdido como personas, las cualidades de las que nos hemos alejado para poder adaptarnos a la manera en la que son las cosas ahora.   Probablemente lo que más me gusta de la película es que señala ese contraste y nos confronta; nos muestra un retrato de nuestras rutinas actuales y de lo mucho que nos duele la vida cuando nos sentimos desconectados de las personas, a pesar de que hablemos con ellas o les veamos regularmente.

Hay una escena en la que Jules, el personaje de Anne Hathaway le dice a Ben que no comprende por qué estar con él le calma y la mantiene centrada.  En efecto, conforme esta relación progresa, Jules no solo comienza a sentirse más enfocada sino que también comienza a regular mejor sus emociones, a ser más reflexiva acerca de su vida y a tomar decisiones más congruentes.   Y esto no necesariamente sucede porque Ben haya cubierto un vacío paternal en su vida (los padres de Jules parecen ser fríos y desapegados); más bien serían las actitudes y comportamientos de Ben los que tendrían ese efecto.   Sentir la presencia respetuosa de alguien a quien genuinamente le importamos y que está ahí para nosotros, sobre todo en momentos de necesidad, es una de las mejores medicinas que existen y también el elemento que más necesitamos para convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos.

Ben es una persona que ejemplifica a la perfección el significado de la palabra “mindful”.   Me cuesta mucho encontrar un equivalente en el idioma español, pero lo que representa es “alguien que está en consciencia constante de lo que ocurre consigo mismo y con los demás”.   Y es desde este tipo de consciencia que este personaje cultiva sus relaciones interpersonales.  Siendo viudo Ben resalta lo importante que resulta a su edad ser parte de una comunidad; al verlo uno incluso podría decir que necesita de estar con otros seres humanos para sobrevivir, y probablemente eso sea verdadero en un sentido literal.  Es por ello que  se le nota feliz de estar en contacto con las personas, les busca la mirada y el saludo, incluso facilita la conversación; Ben trata cada oportunidad de interacción con la misma devoción con la que un coleccionista se aproximaría a una pieza de arte.   Poseedor de gran sabiduría, Ben también despliega una gran curiosidad que le lleva a querer saber más de lo que desconoce del otro;  en lugar de asumir o de dar una respuesta apresurada hace preguntas; realmente se interesa en saber más acerca de la experiencia particular de su interlocutor y cuando escucha lo hace con una mente abierta, con verdadero interés.

Pero quizás lo más interesante de este personaje sea su capacidad para sintonizar emocionalmente y hacer “click” con los demás.  ¿Qué es lo que le permite hacer esto? Son 3 cosas: Que está accesible cuando se le necesita, que sabe responder a las emociones de los demás y que está realmente involucrado; en otras palabras, cuando se trata de entrar en contacto con el otro su presencia es total.  Disponibilidad, Respuesta emocional e Involucramiento; nada más ni nada menos que las características ideales para una relación significativa y fructífera entre seres humanos.  En las relaciones de pareja, cuando las personas consiguen sintonizar a través de estas tres actitudes, la satisfacción marital se eleva por los cielos.

Al observar a Ben reflexioné acerca de la necesidad de que haya buena conexión emocional entre las personas, y por supuesto, acerca de mis propias actitudes hacia mis seres queridos.  Me cuestioné ¿Cuántos minutos de atención nos podemos prestar hoy día antes de que llegue un mensaje y la sintonía lograda se pierda porque se dividió la atención? ¿Cuántas veces he hecho algo similar cuando estoy escuchando a alguien pero pensando en otra cosa? ¿O mientras estamos escuchando pero no estamos realmente abiertos a escuchar? ¿Cuántas veces he estado guardando mi propio punto de vista, defendiéndolo para mantenerlo inamovible?

El resultado de esa reflexión fue un deseo de trabajar en mis propias actitudes fuera del consultorio e intentar cultivar esas 3 características de manera constante en mis relaciones interpersonales.  Me di cuenta de que me he estado dejando llevar por una inercia que no me gusta y que cada vez me hace menos sentido.

Estoy convencido de que conectar emocionalmente era más fácil de lograr en el pasado que ahora que tenemos más alternativas para comunicarnos.  Las mejores conversaciones que he tenido en mi vida no han sido por medio de textos sino aquellas en las que he estado absorto en lo que está sucediendo frente a mí, en las que veo a los ojos del otro y no me siento incómodo de mantener ahí la mirada porque se siente natural hacerlo así.  Estoy convencido de que  una conversación genuina implica cierta vulnerabilidad, permitir que lo que digas realmente impacte en mí, que tenga un efecto en mis emociones y me cambie un poco para que después yo pueda mostrarte eso que pasa conmigo mientras estamos en ese encuentro.   No sé si les haya ocurrido pero a veces hasta las respiraciones se sincronizan y entramos en una especie de trance compartido y privado en el que podemos mostrar lo que sentimos, ser auténticos e incluso hablar de nuestros temores porque nos sentimos acompañados, respaldados…  Son esos encuentros  que se recuerdan con emoción y nostalgia; los momentos en los que te sientes realmente conectado con alguien y en los que las palabras fluyen y se siente bien estar ahí, como si estuvieras en la escena de alguna película y hasta la música ambiental queda perfecta.   Es en esos encuentros en los que se han creado y  fortalecido muchos de los vínculos que tengo con las personas que me importan.  Y tengo la sensación de que esos momentos han ido siendo cada vez más escasos.   Definitivamente no quiero el nuevo normal; al menos en lo que a las relaciones con las personas cercanas a mí se refiere;  creo que es hora de ser un poco  “retro”.

Supongo que hacer público el deseo de hacer estos cambios aumenta mis probabilidades de perseverar y es por ello que aprovecho la oportunidad para hacerlo.    De ese modo si los demás me ven ponerles el celular en la cara podrán decirme que estoy siendo incongruente; eso servirá como correctivo.   El otro aspecto a trabajar definitivamente tendrá que ser el nivel de involucramiento, principalmente al escuchar.  Menos agenda personal y más curiosidad; hacer más preguntas y dar menos opiniones; tratar los encuentros como si fueran sagrados e invaluables (realmente lo son).

Mi apuesta es la siguiente: Si presto más atención al escuchar, si estoy más presente y entro a la conversación con mis emociones sobre la mesa en lugar del celular; si realmente me involucro más con el otro y me permito ser sorprendido; si soy consciente de permitir que lo que me dicen realmente pase a través de mis sentidos y se convierta en una experiencia significativa, quizás consiga sentir aunque sea un fragmento del amor a la vida que le envidiamos a personas como Ben Whitakker.  No necesito tener 70 años para comenzar a valorar lo que está frente a mí.

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