Reflexiones de un terapeuta

Reflexiones de un terapeuta

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¿Puedes con la verdad? O invitas a que te mientan.

agosto 15, 2016


Seamos sinceros: Todos mentimos. En mayor o menor grado todos decimos mentiras en las relaciones que tenemos con nuestros padres, amigos y por supuesto con nuestra pareja. Las relaciones humanas son complejas y en muchas ocasiones cuando se opta por la mentira suelen haber varias posibles razones detrás de esa decisión.

Imaginemos esta situación: Juan le dice a su esposa que llegó tarde porque lo detuvo la policía y no porque estaba enganchado con el capítulo de una serie en Netflix. Si más adelante le preguntáramos por qué le ocultó la verdad ¿Qué creen que respondería?

A veces, como Juan, mentimos porque no queremos quedar mal y ser juzgados; a veces mentimos en un intento por evitar herir o decepcionar al otro, y existen ocasiones en las que decimos mentiras por temor a que la verdad desate problemas que pongan en peligro la relación

Por lo general consideramos que es la persona que ha mentido quien tendrá que cargar con la responsabilidad de ese comportamiento y asumir las consecuencias de lo que la mentira ha ocasionado. Pero ¿Será que existan circunstancias en las que ambos miembros de la relación deban compartir la responsabilidad de una mentira?

Tomemos como ejemplo a la señora que estaba detrás de mí la semana pasada en Costco y a quien escuché decir a su esposo “Si lo que me vas a decir no me va a gustar entonces no me digas nada”. El comentario llamó mi atención de inmediato y no pude evitar comenzar a imaginar el resto de la historia de esos dos.   Me pregunté ¿Qué le habrá querido decir originalmente él a ella? Si se hubiera tratado de algo importante como “No creo que debamos comprar eso porque nuestras finanzas no están muy bien y últimamente me he estado sintiendo estresado por ello”, ¿no sería esa una omisión importante? Si este mismo señor quisiera acercarse en el futuro a hablar con su mujer acerca de algo que le aqueja ¿se sentirá inclinado hacia la honestidad?

La mayoría de las personas queremos _ y pedimos_ que nos digan la verdad y nos duele cuando no la obtenemos de aquellos a quienes queremos. Pero ¿qué si también se necesitan dos para mentir? ¿Pueden ser nuestras propias actitudes y comportamientos los que en ocasiones acerquen a la otra persona a decirnos mentiras? Sería de mucha utilidad hacer esa reflexión puesto que rara vez nos incluimos como parte del problema y nos es muy fácil caer en la tentación de pensar unilateralmente y entender la mentira como algo que la otra persona hace por maldad o por defecto personal. En realidad todos podemos llegar a ser copartícipes de dinámicas y patrones de interacción en los que prácticamente estaríamos invocando a la deshonestidad y si queremos promover relaciones más honestas con nuestros seres queridos podemos comenzar por dirigir la mirada hacia nosotros mismos.

¿Realmente podrías manejar la verdad incluso si esta no fuera de tu agrado y despertara sensaciones y emociones incómodas en ti?

La persona que incita a la mentira por lo general pide que le digan la verdad pero a través de sus reacciones termina demostrando que no puede con ella. Por ejemplo, cuando Alejandro le pregunta a María si habían hombres en la fiesta a la que fue y ella le contesta que sí, él demuestra su desaprobación con un enojo desmedido, usando sarcasmo e insinuaciones y bramando como si fuera un toro a punto de embestir. Lo que él no sabe es que de ese modo está invitando a futuras mentiras a la relación. A nadie le viene bien que le acorralen con una reacción emocional desmedida o que le apliquen la ley del hielo.  Si una persona anticipa que va a recibir de su pareja una variante de cualquiera de esos dos extremos lo más probable es que haga de todo con tal de ahorrarse el sufrimiento, aunque eso implique decir una mentira y correr un riesgo todavía mayor.

 Cuando invitamos a que nos mientan, a menudo no lo hacemos verbalmente; son una serie de actitudes las que envían con subtítulos el mensaje al compañero. Algunos ejemplos comunes:

 

  • “Dime lo que sientes” – (Pero atente a las consecuencias si me dices algo que no me gusta)
  • “Dime la verdad” (Pero sabes que me vas a hacer sufrir por ello)
  • “Por favor dime la verdad” (Pero tendrás que sufrir por ello)
  • “Explícame una vez más por qué lo hiciste” (pero esta vez dime lo que yo quiero escuchar)
  • “Cómo puedes ser tan insensible (al tener una opinión que me es tan difícil de escuchar)?”

 

La persona que inadvertidamente pide que le mientan a menudo lo hace porque tiene dificultades para manejar sus emociones frente a la frustración que muchas veces conlleva escuchar la verdad.   Sin embargo, en otras ocasiones estas actitudes tienen una utilidad adicional. Victimizarse y culpar al otro por la situación a veces proporciona un sentido de “superioridad moral” desde el cual se puede exigir un mejor trato; algo así como “ahora que me has destruido con tus mentiras ( y te he perdonado ) lo mínimo que espero de ti es que te portes bien y hagas todo lo que yo pido”.   Nada podría ser más alejado de la realidad; la repetición de una estrategia como ésta podría acercar a la mentira hasta a la persona más honesta.

Se necesita de mucho valor y de humildad para estar en disposición de escuchar la verdad.   Necesitamos honorar a la verdad y trabajar con esmero en el manejo de nuestras emociones para no crear una crisis al escuchar algo que no nos gusta pero que es cierto.

De acuerdo a los expertos en el tema*, una regla básica es ponerse en la disposición adecuada, es decir, hay que prepararse para escuchar la verdad.   Al anticipar y aceptar la inevitable incomodidad de una conversación difícil estaremos más conscientes de nuestras propias reacciones.    Puede ser de ayuda:

  • Imaginar el peor escenario y pensar en 5 maneras en las cuales manejarías la situación si llegase a ocurrir.
  • Intentar ver la situación desde la perspectiva del otro e incluir ahí todo lo que tu sabes de ella o de él, su contexto, sus intereses, temores y frustraciones.
  • Hacer preguntas que amplíen y clarifiquen.  Evita caer en generalizaciones y pide más información, utiliza la curiosidad en lugar del enjuiciamiento.

Finalmente, reconoce que eres un ser humano y que aprender a invitar a la honestidad en lugar de la mentira también es un proceso; es parte del camino hacia nuestro crecimiento y el de nuestras relaciones.   Date crédito por cada paso que des en esta dirección hacia la resiliencia emocional y busca activamente oportunidades para tener estas conversaciones incómodas. Nunca es demasiado tarde para empezar.

 

*Basado en el trabajo de Bader & Pearson (2000)

 

 

 

 

 

 

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